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Yo cazaba moscas para Howard Hugues


Publicado originalmente por Playboy, el libro de Ron Kistler I Caught Flies for Howard Hughes (Yo cazaba moscas para Howard Hugues, Editorial Cambio 16, año 1976, 259 páginas) cuenta los tres años que pasó trabajando para el excéntrico multimillonario Howard Hughes (1905-1976), piloto de aviación, empresario y obsesionado por el cine. El título hace referencia a uno de los empleos de Kistler, que consistía, efectivamente, en cazar las moscas que revoloteaban por el bungalow número 4 en el Hotel Yo cazaba moscasBeverly Hills donde se hospedaba Hughes, y presentárselas en un kleenex. Los otros trabajos que realizó para el millonario, como el de chófer, pero sobre todo el de guardaespaldas (él lo llamará niñera), han servido para conocer de primera mano algunas de las más divertidas anécdotas y el modo de vivir desquiciado de un hombre en los últimos años de su vida, al borde de la locura.

Un libro divertido e interesante, que permite conocer mejor a una figura clave de la historia del cine pero sobre todo de la mitomanía hollywoodiense. Un hombre extraño, con contactos en las más altas esferas, sobre el que se especuló todo tipo de rumores (sobre todo sexuales, se habla que gran cantidad de estrellas de cine, hombres y mujeres, pasaron por su bungalow de Beverly Hills) y cuya vida daría para muchos libros. En este caso, se trata únicamente de la experiencia de un empleado, que nos muestra un comportamiento absurdo, a veces casi marcial, que imponía a sus empleados. Normas, operaciones, órdenes que a veces acababan en situaciones surrealistas y grotescas. En el libro se cuenta su pasión por el cine, que le llevaba a ver sesiones maratonianas de películas, ante las que permanecía absorto, su obsesión por los gérmenes y su necesidad de soledad, lo que le llevó a vivir como un ermitaño en la última etapa de su vida.

De la vida del cineasta también pueden consultarse “La historia secreta de Howard Hughes”, de Peter Harry Brown y Pat H Broeske (Ediciones B, 1997) o “Howard Hughes: Los años ocultos” de James Phelan (Ediciones Grijalbo, 1977). El de Ron Kistler es muy curioso: allí cuenta que como chófer tenía la orden de evitar los baches para no alterar los pechos de las compañeras de Hughes; como acompañante su misión —entre otras— era espantarle las moscas; como vigilante, estar durante horas y horas delante de aviones abandonados.

Fragmento de la obra:

"Un caluroso día de verano del año 1958 me hallaba en un oscuro rincón de la sala del bungaló número 4 en el hotel Beverly Hills, esperando el momento oportuno para lanzarme contra una mosca que zumbaba por la habitación.

El hombre que vivía en el bungalow (alquiler, 175 dólares por día) era mi patrón. Tres hombres pagados por él estaban listos las veinticuatro horas del día para trasladarse a este bungalow desde otro de igual alquiler en el mismo hotel, su bungalow, cuando quiera que recibiesen una llamada suya por teléfono. Uno de los tres se apostaba junto a la puerta en el momento en que ésta era abierta o cerrada y agitaba un periódico para ahuyentar a los insectos que tuvieran intención de colarse en la morada de nuestro patrón.

Pero aquel diablo lo había conseguido. En días calurosos y soleados las moscas realizaban proezas de kamikazes para introducirse en la soledad del bungalow número 4. Estaba oscuro porque el patrón tenía las luces apagadas y las persianas bajadas, y hacía calor porque no ponía en funcionamiento los acondicionadores de aire y prefería sentarse desnudo en una silla blanca de cuero; desnudo, es decir, salvo la ingle, que cubría con una servilleta rosa de hotel. Tal vez la mosca de aquel día sólo deseaba entrar para ver la película que yo había estado proyectando a mi patrón. Mi trabajo consistía en manejar el proyector, pero hacía muchas más cosas para ganarme mi salario.

Howard HughesComo, por ejemplo, andar a la caza de moscas. Mi patrón me observaba mientras yo acechaba al insecto. Todo el tiempo que permanecía sentado allí no paraba de trajinar con las cajas de kleenex que había sobre una mesa junto a su silla; hacía rimeros con ellas y los deshacía acto seguido para volver a empezar. La habitación estaba siempre llena de kleenex, kleenex en cajas sobre la mesa y kleenex usados por todo el piso, a donde los arrojaba después de haber limpiado minuciosamente cualquier superficie a su alcance.

Yo también tenía un kleenex en la palma de mi mano derecha. No me estaba permitido utilizar un matamoscas o simplemente un periódico o revista, y también estaba formalmente prohibido emplear un pulverizador o papel adhesivo. Mis combates en el bungalow número 4 eran mano a mano. La hoja de kleenex garantizaba que mi mano no entraría en contacto directo con el enemigo. Tenía que moverme con mucha lentitud. Cualquier movimiento precipitado por mi parte no sólo pondría en alerta a la mosca sino también, lo que era peor, levantaría una nube de polvo en la habitación increíblemente desordenada y cubierta de desperdicios. La paciencia era la clave de esta caza: mi patrón tenía paciencia, la mosca tenía paciencia, de modo que yo también tenía paciencia, qué remedio.

Había aprendido por experiencia que el momento Yo cazaba moscasmejor para capturar la mosca era inmediatamente antes de su despegue y, por supuesto, cuando se hallase sobre una superficie relativamente libre de polvo. Las moscas se lanzan hacia atrás cuando despegan. Yo sabía el instante preciso en que debía acometer.

¡Cazada! Mi patrón insistía siempre en ver al enemigo derrotado, por lo que había de acercarme a su silla, plantarme delante de él, extender mi mano a unos veinte centímetros de su nariz, desplegar el kleenex y dejarle inspeccionar el cadáver. Rara vez Hacía algún comentario, pero aquel día dijo: «Buena captura, Ron.» No dije nada en contestación a su cumplido, pues yo no debía hablar en su presencia. Me pasaba de ocho a dieciséis horas diarias en el bungaló número 4, sin hablar, proyectando películas a mi patrón.

Su nombre era Howard Hughes. Aquel fue el período más singular de mi vida.

Los bungalows del Beverly Hills Hotel estaban en la parte norte de los jardines (el edificio principal del hotel daba al bulevar Sunset, del que le separaban el aparcamiento, la calzada para los coches y una barrera de follaje). Anduve por allí un rato dando vueltas en busca del misterioso número 4, que resultó hallarse muy próximo al hotel. (También estaba cerca de un paseo que conducía en dirección este a las aceras de Crescent Drive, por lo que era posible salir sin pasar por el vestíbulo del hotel.)

Eggers me dio la impresión de estar un poco malhumorado cuando por fin lo encontré. De forma apresurada me hizo saber las leyes Yo cazaba moscasque regirían mis entradas y salidas del bungaló. Estábamos en un patio de paredes bajas. La arquitectura del bungalow era de un estilo como español que se da mucho en L. A. El tejado era de tejas rojas. Entra y sal deprisa, me dijo Eggers. Cogió un periódico doblado y empezó a agitarlo con mucha energía ante la puerta. Esto iba a verlo repetido centenares de veces, pero entonces me pareció algo sencillamente guiñolesco.

—¡Preparado! —me dijo.

Me arrimé lo más que pude a la puerta procurando quedar fuera del alcance del periódico. Eggers lo tenía en una mano y en la otra sujetaba un kleenex que le cubría la palma. Con esta mano agarró el pomo de la puerta, giró y abrió lo justo para que yo pudiera colocarme dentro, cerrando acto seguido.

—Quédese ahí y no se mueva, Ron. Y recuerde que no debe hablar.

Reconocí la voz de Howard Hughes. Y allí me quedé, tratando de adaptar mis ojos a la oscuridad de la habitación. Cuando pude distinguir a mi alrededor me alegré de que Hughes me hubiera dado el alto. Un paso más en cualquier dirección y habría tropezado contra algo. Hughes había transformado la sala de una costosa suite de un hotel costoso en algo que parecía una decoración representando la buhardilla de un artista.

La sala tendría unos ocho metros de largo por cinco de ancho. En una de las paredes había una chimenea con un cerco de piedra veteada de oro y tiznada por el humo. El mobiliario del hotel, elegante, pero cómodo, consistía en un atrayente sofá, que invitaba a dejarse caer encima dando un salto, dos butacas haciendo juego, un segundo sofá de tamaño menor, varias consolas y un par de mesitas.

Quienquiera que hubiese amueblado la sala ignoraba que Howard Hughes fuese a ocuparla algún día. Edgard Albert Guest dijo en cierta ocasión: «Hace falta un montón de años para convertir una casa en un hogar.» Hughes se había quedado con lo del «montón», pues todos los muebles habían sido amontonados en los rincones para dejar espacio a su gran butaca de cuero y a su otomana, que habrían trasladado al cottage los sigilosos y concienzudos hombres de los guantes blancos.

Una de las tareas diarias del equipo de Jack consistía en pasar a Hughes un ejemplar de cada edición de todos los periódicos locales nada más llegar al hotel la furgoneta de la prensa. Esto hacía una gran cantidad de papel impresa: tres periódicos con cinco ediciones cada una, y así un día y otro día. Pero no para aquí la cosa. No se trataba de comprar un periódico y llevarlo al bungalow de Hughes. Esto habría sido demasiado simple. Para que un ejemplar llegara a las manos de Hughes era necesario comprar tres. Como verán, no se traicionaba el espíritu de la organización.

Se procedía de la siguiente manera. El Tercer Hombre iba y compraba, por ejemplo, tres ejemplares de la última edición del «Times». Se aseguraba de que los tres miraban hacia arriba por la primera página y los ajustaba como si fuesen las cartas de una baraja, sin que sobresaliera lo más mínimo una de las hojas. Después iba al bungalow, ahuyentaba las moscas en la puerta, pasaba al interior y se situaba a un lado de la butaca de Hughes.

Hughes tomaba un kleenex y lo utilizaba para proteger una mano. Con esta mano agarraba el ejemplar del centro y tiraba de él. Entonces el Tercer Hombre abandonaba el bungalow con los dos ejemplares restantes y se dirigía al otro bungalow para esperar las llamadas de Hughes y la llegada al hotel de una nueva edición de un periódico.

Siguiendo este procedimiento, al Tercer Hombre le quedaba un ejemplar para leer en su bungalow y otro para ahuyentar las moscas en la puerta de Hughes, y por último, aunque lo primero en importancia, Howard Hughes había burlado a los gérmenes que, si no lo sabría él, acechaban en los ejemplares de arriba y abajo.

Era el temor de Hughes a los gérmenes la razón por la que el Tercer Hombre tenía que espantar las moscas en la puerta de su bungalow antes de abrirla. (Siempre que me disponía a dejar a Hughes, el Tercer Hombre era advertido para que acudiese a la puerta del bungalow enarbolando un periódico.) A veces, sin embargo, la operación no se realizaba con suficiente energía, y esto pasaba en las horas de sol, con los huéspedes y otras personas deambulando por allí. Entonces se trataba más bien de algo puramente simbólico hecho con tanta rapidez que ni se advertía. Y es que ustedes pueden imaginarse lo que supone para todo un hombre andar espantando con un periódico a insectos reales o imaginarios en la puerta de un bungalow. Mis amigos se azoraban, sobre todo si advertían alguna sonrisita, y yo me lo pasaba en grande gritando:

—¡Vamos, Jack! ¡No la dejes escapar! ¡acaba con la hija de puta!"

La película El aviador:

La película ganó en 2004 un total de cinco Premios Oscar, pero difícilmente podríamos catalogarla como la gran triunfadora de la noche, pues dejó de ganar los galardones más importantes: mejor película (Million Dollar Baby), mejor director (Clint Eastwood por Million Dollar Baby), mejor actriz (Hillary Swank por Million Dollar Baby) y mejor actor, (Jamie Foxx por Ray).

El aviadorLa película es compacta y sin defectos, con una gran puesta en escena de recursos y de imaginación, pero desgraciadamente está más en la línea del efectismo de las grandes superproducciones estadounidenses de los últimos tiempos —efectos especiales incluidos— y de él mismo (Gangs of New York, 2002) que de la artesanía pura y el cine alambicado y cuidadosamente tratado que nos presentó antaño con joyas como: Taxi Driver, de 1976, Toro salvaje (Raging Bull), de 1980, e incluso: El cabo del miedo (Cape Fear), de 1991 (no sabemos si supera a la original de 1962 de la que es remake: la de Robert Mitchum y Gregory Peck).

El filme narra la historia del magnate Howard Hughes, papel desempeñado correctamente (aunque habría gustado un poquito más de profundidad psicológica del personaje) por Leonardo DiCaprio (n.1974). El guión enfoca sobre todo tres aspectos de su vida: su relación con las actrices de Hollywood Katharine Hepburn (1907 - 2003) y Ava Gardner (1922 - 1990) (realmente por su vida pasaron muchísimas más mujeres), el conflicto que tuvo su TWA con la Pam-Am de Juan Trippe (1899 - 1981) (papel simplón hecho por Alec Baldwin, n.1958), y los problemas mentales de su protagonista.

Y es precisamente en este último punto donde tanto el guión como la dirección de la película podrían haber escarbado, jugando con la paradoja de que una persona tan brillante en su inteligencia pueda al mismo tiempo ser víctima de una psique fracturada en su estructura, equivocada, deslizada hacia la infelicidad, agotadora para él y para los que le rodeaban.

Hughes, que había nacido en 1905, venía sufriendo los síntomas del Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) desde muy antiguo aunque, mientras estuvo vivo JAMÁS fue diagnosticado de ese mal.

Ya en los años 30, algunos amigos cercanos divulgaron su obsesión por el tamaño de los guisantes (uno de sus alimentos preferidos), y reportaron que incluso los clasificaba de mayor a menor antes de consumirlos.

El trastorno o desorden obsesivo compulsivo, es una enfermedad mental en la cual una persona experimenta pensamientos recurrentes e importunos (OBSESIONES) y se siente obligada a llevar a cabo cierto comportamiento (COMPULSIONES) una y otra vez y suele desarrollarse normalmente en la adolescencia o adultez temprana.

La forma más común de TOC tiene que ver con la contaminación, con la idea de que te rodean y amenazan los gérmenes, de que la suciedad, el sudor, el humo de los coches o los insectos pueden ser los desencadenantes de un proceso patológico que arruine la salud o incluso termine con la vida de quien sufre el temor. Son personas que, como Michael Jackson (1958 - 2009) iban siempre enguantados y aun así tenían la urgente y constante necesidad de lavarse las manos. En el caso de Howard Hughes, no cabe duda que pesó sobremanera el comportamiento de su madre para con él: lo crió inculcándole una limpieza y aseo extremados (tal vez ella sufría el mismo desorden). Los rituales higiénicos de la mujer superaban lo típicamente victoriano: frotaba exhaustivamente el cuerpo desnudo del niño con un potente jabón de lejía, le repasaba los dientes, las orejas, los genitales, los codos y las rodillas, comprobaba sus deposiciones... Y ante cualquier síntoma de fiebre o malestar llamaba enseguida a varios médicos para que atendieran al niño en casa, fuera la hora que fuese.

El TOC de Howard Hugues se hizo especialmente patente y grave a partir de 1957 y hasta 1976, en que acaeció su muerte. Veamos:

1. Siguió con su obsesión por los gérmenes. Rehusaba cortarse el cabello y las uñas. Comía poco y mal.

2. Para mantener su privacidad, se obsesionó con que nadie supiera dónde estaba. En sus últimos años se movía de forma escondida de un lugar a otro (Canadá, Inglaterra, Bahamas, Nicaragua, México, Las Vegas en Nevada), llegando a cada destino de manera anónima, asegurándose de mantener una absoluta privacidad y hospedándose siempre en los sitios más lujosos.

3. Utilizaba continuamente pañuelos kleenex para envolver sus manos cuando éstas necesitaban tocar cualquier cosa o abrir una puerta. El gasto en pañuelos era desmesurado. Con las cajas vacías edificaba construcciones que hacía y deshacía.

4. Daba severas instrucciones a sus empleados sobre cómo se le debía en entregar la comida (normalmente leche y barritas de chocolate marca “Hershey”): en bolsas plásticas herméticas traídas por chóferes que debían ponerse guantes blancos de hospital.

5. En cuanto a los periódicos, siempre se le daban tres copias del mismo: Hughes cogía con cuidado y con las manos protegidas con un kleenex el del medio y daba la orden muy seria de que los otros dos ejemplares debían ser quemados.

 

 
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2010 Juan Ledo
mosca@sinek.es