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Antonio Machado


LAS MOSCAS

Vosotras, las familiares,
inevitables golosas,
vosotras, moscas vulgares,
me evocáis todas las cosas.

¡Oh, viejas moscas voraces
como abejas en abril,
viejas moscas pertinaces
sobre mi calva infantil!

¡Moscas del primer hastío
en el salón familiar,
las claras tardes de estío
en que yo empecé a soñar!

Y en la aborrecida escuela,
raudas moscas divertidas,
perseguidas
por amor de lo que vuela,

—que todo es volar—, sonoras
rebotando en los cristales
en los días otoñales...
Moscas de todas las horas,

de infancia y adolescencia,
de mi juventud dorada;
de esta segunda inocencia,
que da en no creer en nada,

de siempre... Moscas vulgares,
que de puro familiares
no tendréis digno cantor:
yo sé que os habéis posado
sobre el juguete encantado,
sobre el librote cerrado,
sobre la carta de amor,

sobre los párpados yertos
de los muertos.
Inevitables golosas,
que ni labráis como abejas,
ni brilláis cual mariposas;
pequeñitas, revoltosas,
vosotras, amigas viejas,
me evocáis todas las cosas.
 

Antonio Machado (a la izquierda) con su hermano José, la mujer de éste, Matea Monedero, las tres hijas de ambos, y la madre de los Machado, Ana Ruiz (hacia los años treinta). Antonio Machado

El poeta español Antonio Machado (Antonio Cipriano José María Machado Ruiz), nació a las 4,30 horas del 26 de julio de 1875 en Sevilla, en una vivienda que sus padres ocupaban en el Palacio de las Dueñas, propiedad de los duques de Alba.

De él quien más quien menos conoce su vida y obra; hablemos ahora, pues (y profundicemos), de dos aspectos suyos un poquito menos hablados: su manera de vestir y su enfermedad y muerte.

El torpe aliño indumentario:

Vistiendo, Machado no era la persona más atildada del mundo, y sería falso decir de él que portaba las ropas de la manera más elegante posible. Pero… ¿cuánto hay de verdad en la fama (mala) sobre su atuendo?

Veamos antes que nada cómo describía el pintor y poeta Rafael Alberti (1902 - 1999) su primer encuentro con el hombre bueno en el buen sentido de la palabra:

Subía yo una mañana por la calle del Cisne, cuando por la acera contraria vi que descendía, lenta, ensimismada, una sombra de hombre que, aunque muy envejecida, identifiqué sin vacilar con la del retrato de un Machado más joven aparecida al frente de sus poesías —edición de la Residencia— conservada por mí con mucho cariño. Era él, su sombra, no me cabía duda, su sombra triste, declinada, como con pasos de sonámbula, de alma sumida en sí, ausente, fuera del mundo de la calle."

Enseguida vio a esa misma persona desaparecer lentamente: “perdida sombra entre las galerías de sí mismo, lo vi alejarse, mal vestido y triste, en la clara mañana estival.

Quizás es que Machado caminaba siempre ido, pensativo, algo triste… desde que enviudó (¡gran golpe para su élan vital!) de su niña-esposa Leonor, con la que se había casado a los 15 años de ella, tres años y dos días antes de perecer trágicamente). Pero seguramente, el poeta no dejó de ser siempre igual de dejado, de despistado, de desaliñado, quizás lo veía todo como una forma de sencillez, de humildad, de pertenecer al pueblo, de acuerdo con su voluntad de llegar al último momento vital ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.

Esa dejadez inveterada le costó que sus alumnos del Instituto Cervantes le adjudicaran un significativo apodo: comoquiera que el hombre impartía sus clases fumando incesantemente y que sus ropas no hallaban manera de evitar el baño constante de ceniza tabaquil, se ganó el sobrenombre de «La Cenicienta».

Por otra parte, el poema de Rubén Darío (1867 - 1916) titulado “Antonio Machado” no hizo sino reforzar y darle destello a esta leyenda de hombre fantasmal y despistado, bueno y triste; el mismo Juan Ramón Jiménez, a veces con no poca mala uva, no hizo más que ahondar literariamente en eso del torpe aliño indumentario.

Pero al parecer y en cualquiera de los casos, todo el mundo que lo conoció coincide en que era una persona limpia. Descuidada pero limpia. Es conocida y famosa la anécdota de Unamuno quien, preguntado en cierta ocasión a dónde se dirigía, durante una de sus estancias madrileñas, respondió: “Vengo a saludar al hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de cuantos conozco: don Antonio Machado.

Por otro lado, en su Retrato (de Campos de Castilla), el poeta manifiesta claramente ser consciente de cómo caminaban sus formas estéticas externas:

—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,

Ese torpe aliño indumentario y su continente tranquilo y pausado no lo convertían en un sex-symbol (en un Don Juan, como se decía en la época), a pesar de lo cual, pudo conseguir el amor:

"Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
mas recibí la flecha que me asignó Cupido"

Mañara se refiere a Miguel Mañara Vicentelo de Leca (Sevilla, 3 de marzo de 1627 – Sevilla, 9 de mayo de 1679), el gran impulsor de la Santa Caridad de Sevilla y erróneamente tenido por gran seductor. ¿La causa? una campaña difamatoria que se suscitó como consecuencia del proceso de beatificación a comienzos del siglo XIX, explicable por el anticlericalismo de los ambientes liberales, que se cebaron en la barroca confesión que representa el testimonio del propio Miguel de Mañara.

Bradomín es el ‘Marqués de Bradomín’ el personaje principal (que cuenta sus memorias) de varias obras de Ramón del Valle-Inclán (1866 - 1936): Sonata de otoño (1902), Sonata de estío (1903), Sonata de primavera (1904), Sonata de invierno (1905) y El marqués de Bradomín (1907). Este marqués es un esperpento o arquetipo grotesco de Don Juan y representa el ímpetu y la devoción pero al mismo tiempo la seducción mal entendida, la perversión, la decadencia, y hasta el sacrilegio; rasgos que nos sitúan ante un personaje que reúne todos los vicios y defectos.

En su Retrato también dice que su historia son …

algunos casos que recordar no quiero.

Son palabras que presuponen olvido del pasado y colocación de la mente hacia el futuro de forma optimista. Pero… ¿qué es lo que no quiere recordar? Recordemos lo que él mismo escribió en unas notas autobiográficas del año 1913:

He hecho vida desordenada en mi juventud y he sido bebedor, sin llegar al alcoholismo. Hace cuatro años que rompí con todo vicio.”

Enfermedad y muerte

1939 es el último año de la Guerra Civil española. A finales de enero de entonces, Machado se hallaba en Barcelona, y ante la inminente ocupación de la ciudad, emprende (el 22 de enero) junto con algunos miembros de su familia el éxodo hacia el extranjero. Tras unos primeros días en Raset (Girona), pasa su última noche en España, la del 26 al 27 de enero, en Viladasens. En la tarde del día 28 llega a Collioure (Francia) y en el Hotel Bougnol-Quintana de dicha localidad exhaló su último aliento el día 22 de febrero, tres días antes que su anciana madre. Ambos fueron enterrados en el panteón local donde desde entonces reposan. En el bolsillo de su abrigo se encuentra un último verso: "Estos días azules y este sol de la infancia".

Ya hemos dicho que el poeta era un gran fumador; de hecho solía apurar sus cigarrillos hasta que se convertían en una menguada colilla, y sus pipas hasta que convertían en humo su última partícula. Podemos decir que padeció lo que hoy se denomina EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) derivada en gran parte de su incorregible costumbre de fumar, y que murió de ello. La enfermedad no sólo fue menoscabando poco a poco su resistencia ante los achaques de la salud, sino que añadió un ingrato plus de dolor a sus últimos años.

Es curioso que diversas enfermedades pulmonares se hayan conjurado para castigar con especial crueldad no sólo a Antonio Machado, sino también a su entorno familiar más cercano. Veamos: su padre, Demófilo, falleció en 1893 a los 47 años de una tuberculosis (lo que, por cierto, dejaría a la familia en una situación económica inestable); su única hermana, Cipriana Machado Ruiz, murió 1900 en Madrid a los 14 años por culpa de una neumonía… ¡Y su amada y joven Leonor, su esposa, murió en Soria en 1912, con 18 años recién cumplidos...!

Ahora sepamos que Machado al llegar a Francia llevaba ya tiempo estando muy enfermo. Sus acompañantes en el exilio testimonian su disnea y un asma que el de Sevilla arrastraba desde hacía varios años.

La enfermedad final será atribuida por su hermano José a un enfriamiento adquirido mientras hacían largas colas y dormían en un vagón abandonado en la estación de Cerbère. Esto acaecía un mes antes de llegar a Collioure. Aquí, Machado, muy debilitado, saldrá poco del pequeño hotel donde se aloja. Sólo unos pocos paseos para contemplar el cercano mar del pintoresco pueblecito, celebrado antaño por los pinceles fauves de Matisse (1869 - 1954) y de Derain (1880 - 1954). Atendido por su cuñada Matea y su hermano José, Antonio yace junto al lecho de su anciana madre Postal antigua de Colliourede 85 años. Un médico francés, el Dr. Cazaben, le administra algunas medicinas, probablemente algún balsámico, yoduro potásico como expectorante o belladona, que eran los escasos bagajes terapéuticos entonces disponibles.

Sin embargo, el médico comunica a sus familiares que Antonio está desahuciado. Efectivamente, una nueva neumonía o bronquitis, que se complica con una gastroenteritis, produce el decisivo y fatal empeoramiento. Durante cuatro interminables días Machado está disneico, inquieto, delirando y con gran opresión en el corazón. En su desorientación agradece reiteradamente las atenciones que se le dispensan. Dos días antes de su muerte, durante una leve mejoría, dicta una carta a un amigo, al fin de la cual estampa una temblorosa firma. Muy poco después pronuncia sus últimas palabras inteligibles —“Adiós, madre”—, entra en coma y muere finalmente por la ruptura de un aneurisma abdominal (claramente en relación con el arraigado hábito tabáquico) a las tres y media de la tarde del 22 de febrero de 1939. Era Miércoles de Ceniza. Su madre, que había dado claros signos de enajenamiento mental y permanecido en estado semicomatoso durante la agonía del poeta, parece darse cuenta, en un último momento de lucidez, de la muerte de Antonio. Tres días después seguirá a su muy querido hijo y será enterrada en la misma tumba.

En febrero de 2010 la especialista en Machado Monique Alonso hizo público que poco antes de morir el poeta la Universidad de Cambridge le había enviado una carta ofreciéndole un puesto en su rectorado. La carta llegó a Collioure al día siguiente de su entierro.

 

 
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2010-2012 Juan Ledo
mosca@sinek.es