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Charles Simić : una mosca en la sopa

 

Hitler & Stalin, agencia de viajes:

Charles Simić nació como Dušan Simić en Belgrado (Serbia, entonces parte de Yugoslavia) el 9 de mayo de 1938, muy poquito antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Casi dos años después (exactamente el día 6 de abril de 1941) los A Fly in the Soupalemanes, que estaban bombardeando la ciudad, dejaron caer uno de sus explosivos regalos sobre un edificio que estaba justo frente a su casa. La onda expansiva le arrojó de la cama: esa es la primera cosa que puede recordar.

En Yugoslavia estuvieron los alemanes primero, pero después también los italianos, y luego los rusos. Y en 1944 llegaron los norteamericanos y los ingleses, que también bombardearon lo que pudieron.

Cualquiera diría que lo peor que le puede pasar a un niño es ver todos los días calamidades, bombas, el horror… los muertos. No sabemos si la guerra es más difícil de soportar para los niños que para los adultos. Diríase que estos últimos han de ser necesarimente más fuertes, pero tal vez es justamente todo lo contrario, pues a su miedo instintivo ha de sumarse el intelectual. A un niño puede engañársele, pero el adulto sabe lo que pasa, conoce más o menos las probabilidades de poder continuar adelante, de poder salvar las posibilidades que van quedando a medida que la sinrazón avanza. Y en cuanto a la tristeza, la de los adultos es una tristeza acumulada, engrandecida como una bola de nieve que rueda por un mundo de miseria y de injusticias.

La vida del Charles Simić infante es la vida de una personita ubicada en mala hora en un lugar horrible donde las oportunidades para sobrevivir no eran muchas. Pero paradójicamente, al recordarlo, el poeta reconoce que lo pasó de maravilla, que tuvo una infancia no ya grata, sino completamente feliz: “Mis amigos y yo teníamos muchas cosas que hacer durante el día y tiempo de sobra para hacerlas. No había colegio y nuestros padres estaban ocupados o sencillamente no estaban. Vagábamos por el barrio, trepábamos por las ruinas y supervisábamos el trabajo de los rusos y de nuestros partisanos. Todavía quedaba algún francotirador alemán aquí y allá. Cuando oíamos disparos echábamos a correr. Había equipamiento militar por todas partes. Las pistolas habían desaparecido, pero quedaban otras cosas. Me hice con un casco alemán. Llevaba cartucheras vacías. Tenía una bayoneta.” [En la foto, Belgrado en 1941].

El pequeño Charles a veces se ponía ese equipamiento militar y jugaba a la guerra con sus amigos, y cuando no tenía amigos a los que recurrir, cogía sus soldaditos de plomo, y los accionaba con inocente mano. Y, de vez en cuando, prorrumpía la banda sonora original de aquella película: rumor de aviones, explosiones de las bombas de los alemanes primero y de los aliados más tardBelgrado 1941e (todas con la misma capacidad de matar a inocentes), disparos de guerrilleros yugoslavos luchando contra los invasores o matándose entre sí… Y también la voz enardecida de su abuela materna, que mientras planchaba oía en la radio discursos de tiranos varios acompañados por clamores de multitudes dementes, y no podía evitar jurar en voz alta, para luego ordenar al nieto que no contara a nadie sus exabruptos (y para que no olvidara la cautela le daba un tirón de orejas).

En esa misma enorme radio alemana un día él y su madre escucharon por primera vez una big band tocando música de jazz que emitía una radio aliada, y sintieron un arrebato instantáneo de felicidad por esos compases que estallaban con luminosa energía provinente de algún salón de baile de la Europa ya liberada.

Charles Simić fue durante mucho tiempo lo que hoy llamamos un desplazado, hasta que finalmente encontró su lugar en el mundo. El origen de esa necesiad de vivir en otros sitios diferentes de lo que era su patria original fue político. Él, con su sempiterna ironía suele decir que sus agencias de viaje fueron Hitler y Stalin.

Cuando la guerra terminó toda Europa, de alguna manera, seguía en ebullición. En la escuela yugoslava a la que asistía el pequeño, los retratos de Lenin (1870-1924) y Stalin (1878-1953) habían sustituido a los de Hitler (1889-1945) y el padre de la familia, que estaba en un campo para deportados en Italia, había acabado encontrando asilo en los EEUU. Entonces se produjo su primer desplazamiento: a sus siete años cruzó a pie las montañas de Eslovenia junto a su madre y su hermano con la intención de atravesar la frontera austriaca y huir así de la Yugoslavia comunista para luego alcanzar París y allí esperar el momento de reunirse con su padre.

En París los tiempos tampoco fueron fáciles para la familia. Con poco dinero, vivían en precarias habitaciones de hotel, y debían hacer largas colas para renovar los permisos cada poco tiempo, esperando un visado americano que les permitiera cruzar el charco. Charles, que había estudiado un poquito de francés y de ruso en Belgrado, aprovechaba el tiempo aprendiendo inglés.

En París se dio cuenta de sus intereses y de sus veleidades literarias. Conoció a Baudelaire (1821-1867) y a los Poetas Malditos, y cuando los recitaba en clase en voz alta, tenía que soportar algunas risas de sus compañeros debido al extraño acento, pero eso no le desanimó.

Finalmente entraron en Estados Unidos por el puerto de Nueva York en 1954; después se irían Chicago, y luego volverían a la ciudad de los rascacielos cuando tenía nuestro protagonista ya había cumplido los veinte.

Nueva York significa muchas cosas al mismo tiempo: por un lado, el reencuentro con su padre después de diez años de separación; por otro, el impacto estético de encontrarse con un paisaje nuevo y desbordante: la vibración de las calles, la fascinación de automóviles por él nunca vistos, los amenazantes rascacielos, los embriagadores neones de color, la ebullición por doquier. Todo eso contrastaba con el más clásico y serio y, sobre todo, devastado y por tanto de tonos más apagados, paisaje europeo del que provenía. Y por último, significó también una patria nueva con un idioma diferente.

Es cierto que todavía vendría una segunda estancia en Francia (el servicio militar de Estados Unidos le moviliza y es destinado al país galo, donde servirá como policía militar), pero a partir de ahí su vida es norteamericana, y así sigue siendo hasta la fecha.

El Simić jovencito se mueve al principio en un mar de dudas sobre la manera de ganarse la vida. ¿Medicina, leyes? Abandona ambas ideas para entregarse al mundo de la pintura, pero al mismo tiempo hace sus pinitos en la poesía. Desgraciadamente, el descontento hizo que la mayoría de estas primeras creaciones acabaran tarde o temprano en la papelera.

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2010-2012 Juan Ledo
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