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Elogio de la mosca

El encomio adoxográfico o paradójico es un recurso literario que consiste en adular lo aparentemente indeseable, y es propio de formas de pensamiento sofistas. No se trata de ir contra la lógica, sino de hacer con humor e inteligencia un buen ejercicio desde elErasmo de Rotterdam punto de vista estrictamente retórico, pues implica argumentar sobre una materia difícil o imposible, que por naturaleza se sustrae a cualquier clase de alabanza. Cuanto más denigrante es la materia que se trata de encomiar y más difícil se hace rebatir lo que paradójicamente se alaba, mayor es el contento y la gloria del que se produjo literariamente de esa forma tan extraña.

El elogio suele estar dedicado a ciudades famosas, hombres ilustres o acontecimientos memorables. Pero dentro de este grupo cabe también el encomio de sujetos considerados indignos, por su insignificancia o por su carácter pernicioso: insectos, enfermedades, defectos físicos o vicios. Es decir, constituye un discurso que se presenta como la defensa de algo que la opinión común (doxa) tiene por fútil: una paradoja.

El encomio paradójico suele tener un talante jocoso y su principal objetivo es demostrar el ingenio del orador ante una causa muy difícil o imposible. Ya Aristóteles había aludido de pasada a él y a su carácter lúdico al especificar que los elogios pueden ser: “con o sin broma”. Los paradoxa enkomia y, en general los discursos epidícticos encontraron un amplio espacio dentro de las ejercitaciones retóricas de los sofistas.

¿Ejemplos en la historia? Muchos, ciertamente: Dión Crisóstomo (circa 40 – circa 120), por ejemplo, escribió un Elogio de la cabellera, un Elogio del loro y un Elogio del mosquito (desgraciadamente, de las tres hoy en día sólo conservamos la primera de ellas).

Luciano de Samosata (125 – 181) es autor del magistral Elogio de la mosca, al que hay que calificar con un 10 en cuanto a gracia, ingenio y erudición, cualidades, por otro lado, que adornan siempre el talento de este autor. El Elogio de la Mosca, primera alabanza hecha a un insecto de las que se conservan tuvo influencia posterior en autores como Miguel Psellos (circa 1018 - 1078) , Eugenio de Palermo (circa 1130 - 1202) o Leon Battista Alberti (1404 - 1472).

Se puede percibir claramente el sentido irónico de todo el discurso si atendemos al uso que Luciano hace de una autoridad literaria como es el mismo Homero (circa siglo VIII a de C), al que reinterpreta en su propio beneficio. Así, por ejemplo, podemos leer a propósito de él: “Tratando [Homero] de alabar al mejor de los héroes, no compara su vigor con el león, la pantera o el jabalí, sino con la audacia de la mosca y con lo intrépido y persistente de su ataque” (Musc. Enc. 5, donde alude al pasaje II.XVII,570).

La inmortalidad del alma de la mosca y su naturaleza de anima vagans ponen de relieve la analogía que pretende hacer Luciano de forma burlesca entre el alma de la mosca y la del ser humano, haciendo referencia a la historia de Hermótimo de Clazómenas, de cuya alma se decía que abandonaba el cuerpo para viajar libremente, regresando después y reanimando el cuerpo de Hermótimo (Esta historia es recogida por Plutarco en Mor. 592 c-d, así como por Plinio el Viejo en NH. VI,174)

Erasmo de Rotterdam (1466 - 1536, ver foto) escribió su Elogio de la estulticia en 1511, y allí ya advertía en la dedicatoria (a su amigo Tomás Moro): “En cuanto a los que se escandalizan de la ligereza y de lo jocoso del asunto, les suplico que adviertan cómo este ejemplo no es mío, sino que desde hace largo tiempo ha sido puesto en práctica frecuentemente por grandes escritores. Ha siglos que Homero, ha cantado La Batracomiomaquia; Virgilio, el mosquito y no sé qué vianda rústica; Ovidio, el nogal. Polícrates ha hecho el elogio de Busiris e Isócrates lo ha refutado. Glaucon ha celebrado la injusticia, Sinesio, la calvicie; Luciano, la mosca y el oficio de parásito. Séneca ha escrito la Metamorfosis de Claudio; Plutarco, el diálogo de Grillo con Olisca; Luciano y Apuleyo, el asno; y no sé quién, el testamento del lechón Grunnio Corocotta, de que hace mención San Jerónimo. Después de todo, si esto les agrada, que se imaginen que he jugado a los dados para distraerme, si así lo creen mejor, que he estado corriendo a horcajadas sobre un palo de escoba.”

Y en el Capítulo XXXIV del Elogio se viste intelectualmente de Homero, de Virgilio, de Polícrates, de Sinesio y de todos los demás a los que había antes citado y crea su propio encomio adoxográfico: "¡Cuánto más deseable es la vida de las moscas y de los pájaros que viven libres de cuidado y a tenor sólo del instinto natural, con tal que se lo toleren las asechanzas del hombre! Si cuando se encierra a los pájaros en una jaula se les enseña a imitar la voz humana, es admirable cuánto pierden de aquella gracia natural suya."

En cuanto al elogio de las enfermedades, Aulo Gelio (circa 130 – circa 180) en sus Noches Áticas y después el recién citado Erasmo de Rotterdam, en su también citado Elogio de la estulticia, citan entre las obras del maestro de retórica Favorino (circa 80 - circa 150) su alabanza dedicada a las fiebres cuartanas. El tema fue retomado en el siglo XVI por el erudito alemán Guillermo Menapio en su Encomium febris quartanae y en Italia porFrancesco Berni Pietro Aretino (1492 - 1556) en su Capitolo della quartana. La gota también fue descrita por varios autores. Willibald Pirckheimer (1470 - 1530): Apologia Podagre y Gerolamo Cardano (1501 - 1576): Podagrae encomium la defendieron, así como el poeta toscano Mattio Franzesi en su Capitolo in lode delle gotte. En España, Baltasar del Alcázar (1530 - 1606) le dedicó un poema Al mal de gota, si bien refiriendo los padecimientos que le comportaba. Por último, cabe recordar los dos capitoli del poeta Francesco Berni (circa 1497-1535, ver fotografía de la derecha), que elogian la peste, vista como la mejor medicina contra los males del mundo.

Por último, y para no dejar este repaso de los encomios paradójicos dedicados únicamente a la antigüedad grecolatina y al Renacimiento, citaremos un ejemplo bien reciente, en de La muerte y otras sorpresas (1968), de Mario Benedetti (1920 – 2009), en el que se incluye un texto intitulado El fin de la disnea, divertido elogio paradójico del asma cuyo argumento es el siguiente: el protagonista vive como un drama el hecho de no poder pertenecer al selecto y solidario grupo de montevideanos asmáticos. Pero una vez que logra su sueño, gracias a un médico suizo que no domina el español y le diagnostica por fin el asma por la que siempre suspiró, la fatídica aparición del milagroso medicamento llamado CUR-HINAL acaba con su felicidad, pues los asmáticos irán desertando poco a poco hasta dejarlo solo, forzándolo finalmente a convertirse en uno de tantos oscuros ex-asmáticos. Es divertido el hecho de que muchos de los lectores del cuento acosaran a Benedetti -asmático como se sabe- interesándose por el salvífico e inexistente medicamento.

 

 
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2010-2012 Juan Ledo
mosca@sinek.es