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Friedrich Nietzsche

Como nosotros, las moscas se sienten el centro del mundo

Friedrich Nietzsche

¡Huye, amigo mío, a tu soledad! Ensordecido te veo por el ruido de los grandes hombres, y acribillado por los aguijones de los pequeños. El bosque y la roca saben callar dignamente contigo. Vuelve a ser igual que el árbol al que amas, el árbol de amplias ramas: silencioso y atento pende sobre el mar.

Donde la soledad acaba, allí comienza el mercado; y donde el mercado comienza, allí comienzan también el ruido de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas venenosas. En el mundo las mejores cosas no valen nada sin alguien que las represente: grandes hombres llama el pueblo a esos actores.

FRIEDRICH NIETZSCHE: De las moscas del mercado.

"... Pero si pudiéramos comunicarnos con una mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de esa misma pasión, y se siente el centro volante del mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos."

FRIEDRICH NIETZSCHE: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

Friedrich Wilhelm Nietzsche nació en Röcken (Sajonia), hijo de un pastor luterano. Su vida transcurrió entre el 15 de Octubre de 1844 y el 25 de Agosto de 1900, fecha en que murió en Weimar, víctima de una apoplejía. A lo largo de buena parte de su existencia sufrió de fuertes dolores de cabeza, problemas en los ojos, y otras enfermedades que culminaron en el año 1888 en un estado de demencia esquizofrénica, de la que no se recuperaría hasta su desaparición. Esto hará que el período intelectualmente fecundo de Nietzsche haya que situarlo entre los años que van desde 1871 hasta 1888. La parte central de estos años, concretamente entre 1869 y 1879, viviría en Basilea como profesor de Filología Clásica en la Universidad.

La vida del filósofo fue volviéndose cada vez más retirada y amarga a medida que avanzaba en edad y se intensificaban los síntomas de su enfermedad, la sífilis. En 1882 pretendió en matrimonio a la poetisa Lou Andreas Salomé (1861 - 1937) , por quien fue rechazado, tras lo cual se recluyó definitivamente en su trabajo. Si bien en la actualidad se reconoce el valor de sus textos con independencia de su atormentada biografía, durante algún tiempo la crítica atribuyó el tono corrosivo de sus escritos a la enfermedad que padecía desde joven y que terminó por ocasionarle la locura. Los últimos once años de su vida los pasó recluido, primero en un centro de Basilea y más tarde en otro de Naumburg, aunque hoy es evidente que su encierro fue provocado por el desconocimiento de la verdadera naturaleza de su dolencia.

Muerte de Dios:

Consideremos la frase "Dios ha muerto" (en alemán "Gott ist tot"), como uno de los pilares en los que se fundamenta el pensamiento nietzscheano; sepamos que el filósofo de Röcken la utiliza tres veces en La gaya ciencia (Die fröhliche Wissenschaft, 1882): en la sección 108 (Nuevas luchas), en la sección 125 (El loco), y en la sección 343 (Lo que pasa con nuestra alegre serenidad), y que posteriormente también la encontraremos en Así habló Zarathustra (Also sprach Zarathustra, 1883-1885), libro responsable de popularizar la frase. Y sepamos finalmente que la famosa frase ya tenía 75 años, pues venía del sabio Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770 - 1831), en su obra Fenomenología del espíritu, que data de 1807 (por otro lado, Hegel la da como expresión ya conocida y corriente en el lenguaje). El número 125 (El loco) de La gaya ciencia es tal vez el que mejor expresa su idea de la muerte de Dios. Dice así:

”¿No habéis oído hablar de ese hombre loco que, en pleno día, encendía una linterna y echaba a correr por la plaza pública, gritando sin cesar, “busco a Dios, busco a Dios”? Como allí había muchos que no creían en Dios, su grito provocó la hilaridad. “Qué, ¿se ha perdido Dios?”, decía uno. “¿Se ha perdido como un niño pequeño?”, preguntaba otro. “¿O es que está escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado?” Así gritaban y reían con gran confusión. El loco se precipitó en medio de ellos y los traspasó con la mirada: “¿Dónde se ha ido Dios? Yo os lo voy a decir”, les gritó. ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos somos sus asesinos! Pero, ¿cómo hemos podido hacer eso? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Y quién nos ha dado la esponja para secar el horizonte? ¿Qué hemos hecho al separar esta tierra de la cadena de su sol? ¿Adónde se dirigen ahora sus movimientos? ¿Lejos de todos los soles? ¿No caemos incesantemente? ¿Hacia adelante, hacia atrás, de lado, de todos lados? ¿Hay aún un arriba y un abajo? ¿No vamos como errantes a través de una nada infinita? ¿No nos persigue el vacío con su aliento? ¿No hace más frío? ¿No veis oscurecer, cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿Nada olfateamos aún de la descomposición divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos, nosotros, asesinos entre los asesinos? Lo que el mundo poseía de más sagrado y poderoso se ha desangrado bajo nuestro cuchillo. ¿Quién borrará de nosotros esa sangre? ¿Qué agua podrá purificarnos? ¿Qué expiaciones, qué juegos nos veremos forzados a inventar? ¿No es excesiva para nosotros la grandeza de este acto? ¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de los dioses? No hubo en el mundo acto más grandioso y las futuras generaciones serán, por este acto, parte de una historia más alta de lo que hasta el presente fue la historia. Aquí calló el loco y miró de nuevo a sus oyentes; ellos también callaron y le contemplaron con extrañeza. Por último, arrojó al suelo la linterna, que se apagó y rompió en mil pedazos: “He llegado demasiado pronto, dijo. No es aún mi hora. Este gran acontecimiento está en camino, todavía no ha llegado a oídos de los hombres. Es necesario dar tiempo al relámpago y al trueno, es necesario dar tiempo a la luz de los astros, tiempo a las acciones, cuando ya han sido realizadas, para ser vistas y oídas. Este acto está más lejos de los hombres que el acto más distante; y, sin embargo, ellos lo han realizado.” Dicen que el loco ese día penetró en varias iglesias y entonó un requiem aeternam deo. Y cuando era arrojado esgrimía reiteradamente su argumento: «¿Qué son estas iglesias, sino tumbas y monumentos fúnebres de Dios?».”


Explicación:

Dios ha muerto” no quiere decir literalmente que Dios existiese y que efectivamente haya muerto (una contradictio in terminis, pues Dios por definición, es omnipresente, omnisciente, omnipotente e inmortal); es la manera que tiene el ateo Nietzsche de decir que la idea de Dios ha perdido fuerza como fuente del código moral o teleológico de las personas sencillamente porque los humanos ya no reconocen un orden cósmico o físico y rechazan la creencia en una objetividad y en una ley moral universal que se proyecten sobre todos los individuos en forma de valores absolutos.

Según Platón (circa 427 a de C - 347 a de C) o —mejor diríamos— la interpretación de la filosofía platónica llevada a cabo a medias entre el helenismo y el cristianismo, el ámbito de lo suprasensible pasa por ser el único mundo verdadero y efectivamente real, mientras que el mundo sensible o mundo del más acá (el mundo físico de Immanuel Kant, 1724 - 1804), sería un mundo meramente aparente e irreal, reflejo del anterior. Nietzsche comprende su propia filosofía como una reacción contra la metafísica, es decir, contra lo que el platonismo llama mundo suprasensible, y de él dice que ha perdido fuerza, que no procura vida. A eso se refiere la frase “Dios ha muerto”.

Cuando Nietzsche se refiere a Dios se refiere al dios de la religión, particularmente del cristianismo, al que creó el cielo y la tierra a partir de la nada y a partir del cual se generó una sacralización de la moral que, desde ese momento, marcó la tónica de la historia de Occidente. A este Dios, que era el único dios en el que creía Occidente, Nietzsche le expidió su acta de defunción, pero también a todo aquello que pudiera sustituirle, porque en realidad Dios no es una entidad sino una figura de pensamiento que representa lo Absoluto.

Según el concepto nietzscheano de Dios en toda su dimensión, éste es bastante más que la representación de un ser superior en el que se puede creer o no, sino la esencia misma de la metafísica, la metáfora para expresar la realidad absoluta, la realidad que se presenta como la Verdad y el Bien, como el supuesto ámbito objetivo que puede servir de fundamento a la existencia por encontrarse más allá de ésta y darle un sentido. Todo aquello que sirve a los hombres para dar un sentido a la vida, pero que sin embargo se pone fuera de la vida son el análogo a Dios.

Nihilismo:

Toda la filosofía de Nietzsche tiene fama de ser ardua y difícil de comprender, de prestarse a Martin Heideggerdiferentes lecturas, de albergar conceptos que presentan problemas hermenéuticos de difícil solución (entre otros, los de voluntad de poder, eterno retorno, la democracia como elemento negador de la vida…) Por eso sus lectores, estudiosos o críticos, entre los que podríamos citar a Martin Heidegger (1889 - 1976 —en la foto—), Georges Bataille (1897 - 1962), Theodor Adorno (1903 - 1969), Emil Cioran (1911 - 1995), Gilles Deleuze (1925 - 1995), Michel Foucault (1926 - 1884), Jean Baudrillard (1929 - 2007), Gianni Vattimo (n. 1936), o Alain Badiou (n. 1937), se encuentran con dificultades para sacar agua clara y llegan a conclusiones no coincidentes.

En lo que concierne al preciso término de nihilismo dificulta que parezca existir una anfibología en la filosofía del pensador alemán. Veamos: antes de la muerte de Dios lo que tenemos es nihilismo pero, después, también. El primero se refiere a que la lógica interna de toda la historia llamada europea desde Platón se basa en la creación y consolidación de modelos sociales regidos por ideas absolutas que marcan la moral y el derecho. Esas ideas, para Nietzsche, ahogan al individuo, lo desvirtúan, lo desnaturalizan, evitan que sea dueño de su propio destino. Con la muerte de Dios, quien gana es lo dionisíaco (la vida), frente a lo apolíneo (el racionalismo y la moral). "El cristianismo le dio a beber veneno a Eros, ciertamente no murió de ello, pero degeneró en vicio", dice Nietzsche, y el enunciado lo convirtió en el grito de batalla con el cual dar fuerza a su lucha por llevar adelante la rehabilitación de la sensualidad.

O dicho de otra manera (ver “El Anticristo”): el vicio no es lo que el cristianismo trata de prohibir, sino el cristianismo mismo. Durante muy buena parte de su vida filosófica, Nietzsche sostiene que “el sermón de la castidad es una incitación pública a lo antinatural”, que “cada menosprecio de la vida sexual, cada ensuciamiento de la misma a través del concepto 'impuro', es un auténtico pecado en contra del espíritu santo de la vida" y que fue la tradición cristiana, tal como la expresó Pablo de Tarso, la que por primera vez desvalorizó los instintos naturales, la carne, y los colocó en contraposición con Dios.

Pero precisa que para él no sólo el cristianismo es negador del mundo y hostil al placer: "El brahamanismo, el budismo, el cristianismo… todos pueden ser llamados nihilistas, porque todos ellos han glorificado el concepto opuesto a la vida, es decir la nada, como fin, como bien máximo, como Dios".

Para Nietzsche, la rehabilitación de la sensualidad implica también una revalorización del eros; de la sexualidad humana como una de las pulsiones más fuertes que vinculan al hombre con el más acá, con la tierra. La condición más alta que un filósofo puede alcanzar es tomar una posición dionisíaca hacia la existencia: “mi fórmula para ello es el amor fati [Amor fati es una frase latina que se traduce como el amor al destino. Se utiliza para describir la actitud de quien ve todo cuanto le sucede en la vida, INCLUIDO EL SUFRIMIENTO Y LA PÉRDIDA, como positivo. Es decir, uno siente que todo lo que ocurre forma parte del proceso en el que el destino llega a su objetivo final, por lo cual debe ser considerado como bueno. El amor fati, se caracteriza por la aceptación de los acontecimientos que ocurren en la vida. Es casi idéntico al concepto judío de Gam Zu Letovah (esto también es para el mejor).]

Pero después de la muerte de Dios, tenemos otro nihilismo diferente a éste: el que se refiere precisamente a la situación contemporánea (transitoria) en la cual los valores supremos —es decir, absolutos— están aquejados de nulidad e inutilidad Y NO HAN SIDO SUSTITUIDOS POR OTROS. Es el nihilismo (nihil = nada) de no saber a qué atenerse. Para Nietzsche, ese nihilismo en el que se halla sumida la sociedad es profundo y debe ser superado si no quiere el Hombre —debido, precisamente, a la desvalorización de los valores supremos— conocer el advenimiento de continuas frustraciones en la búsqueda de significados y que ese nihilismo —que antes de abrumar pesadamente se aproxima “como el más inquietante de todos los huéspedes”— se instale insidiosamente como un sentimiento en un primer momento entristecedor y después atemorizador.

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2010-2012 Juan Ledo
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