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Ruidosas moscas en las alboradas del verano

(John Keats)


Desde el siglo XVIII para aquí, ¿ha sido John Keats (1795-1821) el más grande? Físicamente desde luego que no: él mismo cierta vez se autodefinió de manera burlona como el "señor John Keats, de metro y medio" (aunque realmente medía dos centímetros más). Pero como poeta en lengua inglesa muchos opinan que sí, que no ha habido nadie a su altura, a pesar de que no consiguió vivir más de veinticinco años. ¡Y eso es mucho decir, pues significa pasar por encima de William Wordsworth (1770-1850), de Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), de Lord Byron (1788-1824), de Percey Bysshe Shelley (1792-1822), de Alfred Tennyson (1809-1892), de Robert Browning (1812-1889), de Thomas Hardy (1840-1928), de Ezra Pound (1885-1972), o de Thomas Stearns Eliot (1888-1965)... entre otros!

UNO:John Gibson Lokhart

Barcelona, 18 de diciembre de 2004: el escritor mexicano Juan Villoro (n.1956) acude a casa de Rafael Argullol (n. 1949) para hacerle una propuesta: han pensado hacer un libro de fotografías con cien imágenes, cada una de las cuales ha de ser comentada por alguna persona notable de cualquier lugar del mundo, y él ha sido escogido como uno de los cien: recibirá una de las imágenes al azar. Cuando Argullol ve la que le ha correspondido (imagen de la derecha), queda decepcionado: data de 1845 y es de un tipo desconocido llamado John Gibson Lokhart, de aspecto desagradable y con cara de tener una llaga en el estómago. Al señor le habían retratado los fotógrafos David Hill y Robert Adamson. Argullol acepta el encargo, que consistirá en treinta líneas.

DOS:

Barcelona, algún día de 1963 ó 1964: Rafael Argullol lee en La Vanguardia una noticia según la cual los jinetes kurdos, al mando de Mustafá Barzani (1903-1979) han atacado una columna de tanques enemigos. ¿Caballos contra tanques? La cosa, que parece inspirada en la película Lawrence de Arabia, ha acabado mal en tan desigual combate: ha habido una carnicería.

TRES:

Los Angeles, una mañana de primavera de 1978: Rafael Argullol lee en Los Angeles Times un largo artículo necrológico firmado por un tal David Williams en el que se dice que Mustafá Barzani (en la imagen de abajo, la fotografía es de Christian Simonpietri) ha muerto de cáncer en un hospital de New Jersey.

Años atrás, en 1960, David Williams había tenido una experiencia vital de inusitada crudeza cuando fue apresado por los peshmergas kurdos [peshmerga = 'el que Mustafá Barzanimira a la muerte de cara'] que combatían a los ejércitos iraquís y turcos. Tenido por espía, le juzgaron rápidamente y fue condenado a morir al amanecer. En aquellas horas de espera llenas de angustia, de repente apareció Barzani y le interrogó acerca de la carta que los peshmergas le habían interceptado, a lo que Williams contestó que era para su novia, con la que había pensado casarse cuando volviera a los Estados Unidos. Barzani le preguntó si estaba enamorado de ella, y Williams contestó que sí, así es que Barzani despareció y volvió a aparecer al cabo de una larguísima hora con tres regalos: la libertad, un collar para la novia y un librito de poemas de John Keats. Barzani explicó a Williams que había estudiado a Keats y a otros poetas románticos en Moscú, donde estuvo exiliado en su juventud y que, si hubiera podido, habría estudiado literatura.

Williams acaba su necrológica del Times de Los Angeles con unos versos del propio Keats:

Thou wast not born for death, immortal Bird!
No hungry generations tread thee down;
The voice I hear this passing night was heard
In ancient days by emperor and clown.

(¡No naciste para morir, Pájaro Inmortal!
Ninguna generación hambrienta logró derribarte,
y la voz que escucho esta noche fugaz ya fue escuchada
en días antiguos por emperadores y por bufones.)

CUATRO:

Barcelona, 13 de diciembre de 1978: Argullol termina su tesis doctoral sobre el romanticismo. Ha juntado la imágen de Keats con la de Barzani: tan contrapuestos y sin embargo tan unidos John Keats por su amor a Keats. Le gustaría también poner un tercer retrato: el del hombre que mató al poeta, pero no lo encuentra por ningún lado. Hace tiempo que me pregunto cómo debía de ser este hombre, ¿Qué cara tenía el hombre que liquidó a Keats? Si tuviera el retrato lo colocaría aquí, en el atril, junto a los de Barzani y Keats. Naturalmente nadie mató nunca a Keats, que murió de tuberculosis y sin violencia en Roma, pero Argullol se refería a quien lo asesinó simbólicamente con unas críticas terribles e injustas, y tan despiadadas que dejaron al pobre joven destrozado y sin ilusión [Imagen de la derecha: carboncillo de John Keats realizado por Joseph Severn (1793-1879)].

CINCO:

Barcelona, 20 de diciembre de 2005: Argullol visita a la pintora ucraniana Olga Zaitzeva en su estudio de Poble Nou. La mujer le explica una anécdota suya de cuando era jovencita y cogió un tren desde Odesa hasta Moscú. Eran treinta horas, lo que incluía, claro está una noche a bordo. El departamento estaba dispuesto para cuatro literas, pero allí sólo apareció un hombre pelirrojo, alto y delgado que puso a Olga automáticamente en guardia. El recién llegado se apercibió de ello y dijo:

—Te has asustado porque sabes de dónde salgo.
Olga negó con la cabeza, y entonces el hombre continuó:
—Te has asustado porque sabes que acabo de salir de un penal y que éste es mi primer día de libertad.

Efectivamente, el hombre había estado condenado a muerte; después le cambiaron la pena por la de cadena perpetua y finalmente la cosa quedó sólo en dieciocho años de reclusión. Cuando se enteró de que su padre no sólo le engañaba, sino que se acostaba con su joven esposa, los mató a los dos.

En el tren, Olga primero pensó seriamente cambiar de vagón, pero luego accedió a compartirlo con tan enigmático compañero de viaje e, incluso a departir con él. Se enfrascó en la lectura de un libro de literatura inglesa y llegada que fue la noche, Olga se acomodó en una de las literas superiores para dormir mientras el antiguo preso cenaba en el restaurante y bebía un poco de vodka. Luego el antiguo preso regresó al vagón y se sentó con sigilo en su asiento, manteniendo encendida únicamente la luz de posición.

—¿Estás dormida? —preguntó.
—Estaba adormilada.
—Lo siento, ¿puedes prestarme tu libro? No tengo sueño y quiero leer un rato.
Olga se lo prestó y el antiguo preso, que sabía inglés porque había tenido mucho tiempo para aprenderlo, le dio las gracias:
—Me he acostumbrado mucho a los libros.
Después añadió en tono neutro:
—¿Sabes que eres muy guapa?, en dieciocho años no he estado con una mujer tan cerca.

Olga no dijo nada porque no sabía qué tenía que decir. Paradójicamente estaba más tranquila, tal vez había sido el tono de voz de su acompañante lo que la había serenado.

A la mañana siguiente, el antiguo preso ya no estaba, probablemente se habría apeado en Tula. Cuando volvió a ver su libro, el que le había prestado a aquel hombre para que se distrajera, lo encontró abierto por la Oda a un ruiseñor, de Keats, con dos bombones encima.

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2010-2013 Juan Ledo
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