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Animales que de lejos parecen moscas y la paradoja de Russell

(Jorge Luis Borges)

¿Cuántas formas existen de ordenar una biblioteca? ¿Mil? ¡No: un millón! La más pedestre sería por orden alfabético de autores. Tendría la ventaja de poder encontrar rápidamente cualquier libro que buscásemos (¡y no es poco!) pero entonces… ¿qué haríamos con esa bella colección de libros todos igualitos en su formato, con su misma medida, con su mismo revestimiento de piel en las tapas? Desaparecería como tal, y cada uno de sus miembros iría a desempeñarse a un lugar distinto y distante, triste por la lejanía de sus compañeros. ¿Y si quisiéramos tener todos los libros en francés juntos? Ya no podríamos, porque cada uno de ellos estaría donde el orden alfabético lo hubiera ubicado. Y ya no tendríamos tampoco juntos todos los libros de historia, o los de filosofía, o los de religión. Pero si descartamos esa la más elemental forma —la alfabética— de ordenar, y creamos grupos como, por ejemplo, libros en francés, libros en italiano, libros en inglés, libros de historia, libros de literatura, libros de ciencia, libros del siglo XIX, libros del siglo XX, ¿dónde colocaríamos uno que estuviera escrito en francés en el siglo XIX y fuera de historia?

El tema es tan complejo que para eso existe todJorge Luis Borgesa una ciencia: la biblioteconomía, por ahora digamos tan sólo que lo que ocurre con los libros de una biblioteca pasa con todas las cosas del ecúmene cuando, con mayor o menor cuita, de manera más o menos minuciosa o incluso un poco neurótica, nos ocurre querer ordenar nuestro mundo y tal vez el de todos.

Básicamente para comenzar a clasificar (generar clases o grupo de cosas) y ordenar (poner en orden cada una de esas cosas dentro de cada clase o grupo), se necesitan dos elementos: la cosa y la palabra que define a la cosa. Y precisamente en el inicio del prefacio de Las palabras y las cosas es donde Michel Foucault (1926-1984) , su autor, hace famosa —si no lo era antes ya de sobras— la filosofía de Jorge Luis Borges (1899-1986) al respecto.

Nos referimos a lo que el argentino dice en su obra Otras inquisiciones, obra que vio la luz el año de 1952 y que consiste en una pequeña antología de brillantes artículos en los que inteligentemente se dedica a pensar y a hacer pensar sobre esto y aquello y en los que, como haría durante toda su carrera literaria, mezcla convenientemente verdad y ficción, no para engañar al lector, sino para dotarse de más armas con las que hacerlo más perspicaz. Uno de estos ensayos a modo de articulito se intitula El idioma analítico de John Wilkins, y allí Borges cita una clasificación de los animales supuestamente descubiertos por el profesor Franz Kuhn en cierta enciclopedia china llamada El Emporio celestial de conocimientos benévolos.

La clasificación es como sigue:


(a) pertenecientes al emperador

(b) embalsamados

(c) amaestrados

(d) lechones

(e) sirenas

(f) fabulosos

(g) perros sueltos

(h) incluidos en esta clasificación

(i) que se agitan como locos

(j) innumerables

(k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello

(l) etcétera

(m) que acaban de romper un jarrón

(n) que de lejos parecen moscas.


Antes de pasar adelante, digamos que si la enciclopedia china es un cuento chino, John Wilkins y el profesor Franz Kuhn están lejos de ser personajes de ficción:

El polifacético inglés John Wilkins (1614- 1672) es injusta y extrañamente desconocido fuera de su país, pero en él se le recuerda tanto por ser el cuñado de Oliver Cromwell (1599-1658) —lo que no tiene demasiado mérito— como por ser una de las pocas personas en dirigir un college tanto en Oxford como en Cambridge, y por ser fundador del Colegio Invisible y el primer secretario de la prestigiosa RoyalVirgilio Society, de la que aquél fue precursor, y todas estas cosas no son poco. Y en tanto que religioso y científico, se afanó en demostrar la compatibilidad entre ambos modos de entender la Naturaleza, por lo que se halla considerado como uno de los fundadores de la nueva Teología Natural, compatible con la ciencia de la época. [La Teología natural, también llamada Teología racional, es el intento de encontrar evidencia de Dios sin recurrir a ninguna revelación sobrenatural. Se distingue así de la teología revelada, basada en las Escrituras o en experiencias religiosas.]

Su curiosidad le llevó a interesarse por la Teología, la Criptografía (publicó en 1641 Mercury, or the secret and swift messenger, primer libro inglés dicha ciencia), la música, la fabricación de colmenas transparentes (con la idea de estudiar el comportamiento de estos afanosos animales, así que no es exagerado considerarle uno de los precursores de la etología), el estudio científico del "movimiento continuo" (perpetuum mobile) y hasta la posibilidad de un viaje a la Luna.

Y también fue autor de la primera lengua sintética, que dio a conocer en sus libros: An essay toward real character, and a philosophical language, de 1668 (en el que tambien proponía un sistema decimal de medida no muy diferente del sistema métrico actual, ver imagen de la izquierda), y An alphabetical dictionary, de 1688.

En el Idioma analítico, Borges, inmediatamente antes de la clasificación de los animales anterior, dice que Wilkins

“dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada genero un monosílabo de dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una poción del elemento del fuego, una llama. En el idioma análogo de Letellier (1850) a, quiere decir animal; ab, mamifero; abo, carnívoro; aboj, felino; aboje, gato; abi, herbívoro abiv, equino; etc. En el de Bonifacio Sotos Ochando (1845), imaba, quiere decir edificio; imaca, serrallo; imafe, hospital; imafo, lazareto; imarri, casa; imaru, quinta; imedo, poste; imede, pilar; imego, suelo; imela, techo; imogo, ventana; bire, encuadernador; birer, encuadernar. (Debo este ultimo censo a un libro impreso en Buenos Aires en 1886: el Curso de lengua universal, del doctor Pedro Mata.)

Las palabras del idioma analítico de John Wilkins no son torpes símbolos arbitrarios; cada una de las letras que las integran es significativa, como lo fueron las de la Sagrada Escritura para los cabalistas. Mauthner [1849-1923] observa que los niños podrían aprender ese idioma sin saber que es artificioso; después en el colegio, descubrirían que es también una clave universal y una enciclopedia secreta.

Ya definido el procedimiento de Wilkins, falta examinar un problema de imposible o difícil postergación: el valor de la tabla cuadragesimal que es base del idioma. Consideremos la octava categoría, la de las piedras. Wilkins las divide en comunes (pedernal, cascajo, pizarra), módicas (mármol, ámbar, coral), preciosas (perla, ópalo), transparentes (amatista, zafiro) e insolubles (hulla greda y arsénico). Casi tan alarmante como la octava, es la novena categoría Esta nos revela que los metales pueden ser imperfectos (bermellón, azogue), artificiales (bronce, latón), recrementicios (limaduras, herrumbre) y naturales (oro, estaño, cobre). La belleza figura en la categoría decimosexta; es un pez vivíparo, oblongo.”

En cuanto al profesor Franz W. Kuhn (1884–1961), cabe decir que fue un abogado y traductor. En tanto que esto último, se le recuerda por haber vertido muchas novelas chinas al alemán.

Ahora sigamos: la extraña lista de animales, descubierta por Kuhn, ha originado muchos comentarios filosóficos o lingüísticos. Los de Louis Sass, sugirieren que revela un pensamiento esquizofrénico; otros, como los de George Lakoff (n. 1941) —experto en lingüística cognitiva de la Universidad de California, Berkeley— señalan que la lista es parecida en muchas categorizaciones de culturas no occidentales.

No nos compliquemos la vida ni le busquemos tres pies al gato: tampoco se trataba de bobadas o de bromas en las que Borges quería pasarse de gracioso. ¿No se preguntaba el argentino si, «quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas»? Bien, pues aquí tratamos de una de ellas. Se dan reflexiones y éstas no son ingenuas. Se trata de expresar dos ideas, de entre las muchas que le rondaron por la cabeza y le que le obsesionaron durante toda su vida (aquí tal vez sí debería meterse el psicologo a investigar): a) la idea de que al universo lo llamamos cosmos (??sµ??) porque está o parece ordenado; b) pero por otro lado, no somos ni seremos nunca capaces —de ahí cierta angustia metafísica— de clasificarlo, y eso debería ser propio solamente del desorden o caos (????).

¿Y por qué no podemos clasificar el mundo de forma que no sea arbitraria y conjetural? En el propio texto de El idioma analítico de John Wilkins, Borges dice que «la razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo».

Además, el lenguaje está lleno de taras y de limitaciones. Pero como recurso y consuelo, si no tenemos un criterio seguro, cabal y cierto ni para ordenar los libros de la biblioteca ni los artefactos todos del universo, siempre podemos recurrir a lo que algunos denominan enumeración caótica y atribuyen a poetas como Walt Whitman (1819-1892) y a herederos suyos, como Pablo Neruda (1904-1973) o el propio Borges, y cuya función es dar sentido literario de forma expresionista e incompleta al universo, esté ordenado o desordenado.

Seguramente la manía de Borges de ordenar le vino de su época por muchos desconocida de bibliotecario, porque de hecho lo fue y con todas las de la ley y durante muchos años. Concretamente, entre 1937 y 1946. En esos años, mientras publica nada menos que “Poemas” y “Ficciones”, traduce a William Faulkner (1897-1962), a Franz Kafka (1883-1924) y a Henri Michaux (1899-1984), y edita varias antologías en colaboración, Borges se desempeña anónimamente como auxiliar primero en la Biblioteca Miguel Cané, de Almagro, donde otro empleado se sorprenderá alguna vez por la “notable coincidencia de nombres” entre el escritor que figura en una enciclopedia y su tímido compañero de trabajo.

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2010-2013 Juan Ledo
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