Banner Bush

Aristóteles, ¿sólo sabía contar hasta cuatro? Cómo resucitar a una mosca muerta (Luciano de Samosata) As Flies to Wanton Boys (William Shakespeare) Consejos para guardar la mosca (Quevedo) Moscas cartesianas (Descartes) La mosca y la hormiga (Jean de la Fontaine) Moscas como pasatiempo (Spinoza) Melocotón verde, ciruela azul (Matsuo Basho) ¿Para qué han nacido las moscas? (Voltaire) ¿No soy yo una mosca como tú? (William Blake) Ruidosas moscas en las alboradas del verano (John Keats) Moscas en el Arca de Noé (Mark Twain) Como nosotros, las moscas se sienten el centro del mundo (Friedrich Nietzsche) La mosca sabia (Leopoldo Alas, 'Clarín') Mosca muy elitista (Gaetano Mosca) ¿Quiénes son más inteligentes, las moscas o las abejas? (Maurice Maeterlinck) No faltar a la realidad, sino mejorarla (Marcel Schwob) Euliak eta arkakusoak (Pío Baroja) ¡Que sea de la oposición! (Macedonio Fernández) Moscas voraces como abejas en abril (Antonio Machado) Una copa de whisky con cianuro (Horacio Quiroga) Los únicos animales que leen el periódico (Ramón Gómez de la Serna)

free counters

Historia de un diablillo valiente (Katherine Mansfield) Escapar del frasco (Ludwig Wittgenstein) La mosca medio inteligente (James Thurber) Animales que de lejos parecen moscas y la paradoja de Russell (Jorge Luis Borges) ¿De qué metal está hecho el pájaro mosca? (Nicolás Guillén) Ni moscas ni espantamoscas (George Orwell) Moscas húmedas de sangre humilde y mermelada (Pablo Neruda) Júpiter, Dios de las moscas y de la muerte (Jean-Paul Sartre) El suplicio de las moscas (Elías Canetti) El Señor de las Moscas (William Golding) En el burdel, en la cocina, sobre un peine (Julio Cortázar) Esa mosca murió a las tres y veinte (Marguerite Duras) Moscas en la mierda (Nicanor Parra) Furiosos pedacitos de vida (Charles Bukowski) Posada en un tronco de sauce (Miroslav Holub) Me estaba molestando una mosca (Slawomir Mrozek) Deux façons d'enculer les mouches (Boris Vian) Sota de espadas (Manuel Vicent) Una mosca en la sopa (Charles Simic) Los derechos de las moscas (Peter Singer) Cinco moscas azules (Carmen de Posadas) Puer, abige muscas (Cicerón, Flaubert y Woody Allen) Elogio de la mosca Gatos, moscas y curas Enciclopedia de la palabra 'mosca'


Katherine Mansfield

Porfiar por vivir

"... En aquel momento el jefe se dio cuenta de que una mosca se había caído en el gran tintero y estaba intentando infructuosamente, pero con desesperación, salir de él. ¡Socorro, socorro!, decían aquellas Katherine Mansfieldpatas mientras forcejeaban. Pero los lados del tintero estaban mojados y resbaladizos; volvió a caerse y empezó a nadar. El jefe tomó una pluma, extrajo la mosca de la tinta y la depositó con una sacudida en un pedazo de papel secante. Durante una fracción de segundo se quedó quieta sobre la mancha oscura que rezumaba a su alrededor. Después las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, levantando su cuerpecillo empapado, empezó la inmensa tarea de limpiarse la tinta de las alas. Por encima y por debajo, por encima y por debajo pasaba la pata por el ala, como lo hace la piedra de afilar por la guadaña. Luego hubo una pausa mientras la mosca, aparentemente de puntillas, intentaba abrir primero un ala y luego la otra. Por fin lo consiguió, se sentó y empezó, como un diminuto gato, a limpiarse la cara. Ahora uno podía imaginarse que las patitas delanteras se restregaban con facilidad, alegremente. El horrible peligro había pasado; había escapado; estaba preparada de nuevo para la vida.

Pero justo entonces el jefe tuvo una idea. Hundió otra vez la pluma en el tintero, apoyó su gruesa muñeca en el secante y mientras la mosca probaba sus alas, una enorme gota cayó sobre ella. ¿Cómo reaccionaría? ¡Buena pregunta! La pobre criatura parecía estar absolutamente acobardada, paralizada, temiendo moverse por lo que pudiera acontecer después. Pero entonces, como dolorida, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, esta vez más lentamente, reanudó la tarea desde el principio.

Es un diablillo valiente —pensó el jefe— y sintió verdadera admiración por el coraje de la mosca. Así era como se debían de acometer los asuntos; ésa era la actitud. Nunca te dejes vencer; sólo era cuestión de... Pero una vez más la mosca había terminado su laboriosa tarea y al jefe casi le faltó tiempo para recargar la pluma, y descargar otra vez la gota oscura de lleno sobre el recién aseado cuerpo. ¿Qué pasaría esta vez? Siguió un doloroso instante de incertidumbre. Pero ¡atención!, las patitas delanteras volvían a moverse; el jefe sintió una oleada de alivio. Se inclinó sobre la mosca y le dijo con ternura: «Ah, astuta cabroncita». Incluso se le ocurrió la brillante idea de soplar sobre ella para ayudarla en el proceso de secado. Pero a pesar de todo, ahora había algo de tímido y débil en sus esfuerzos, y el jefe decidió que ésta tendría que ser la última vez, mientras hundía la pluma hasta lo más profundo del tintero.

Lo fue. La última gota cayó en el empapado secante y la extenuada mosca quedó tendida en ella y no se movió. Las patas traseras estaban pegadas al cuerpo; las delanteras no se veían.

—Vamos —dijo el jefe—. ¡Espabila! —Y la removió con la pluma, pero en vano. No pasó nada, ni pasaría. La mosca estaba muerta.

El jefe levantó el cadáver con la punta del abrecartas y lo arrojó a la papelera. Pero lo invadió un sentimiento de desdicha tan agobiante que verdaderamente se asustó. Se inclinó hacia delante y tocó el timbre para llamar a Macey.

—Tráigame un secante limpio —dijo con severidad— y dese prisa. —Y mientras el viejo perro se alejaba con un paso silencioso, empezó a preguntarse en qué había estado pensando antes. ¿Qué era? Era... Sacó el pañuelo y se lo pasó por delante del cuello de la camisa. Aunque le fuera la vida en ello no se podía acordar."

(Katherine Mansfield: "La mosca")

 

“Estoy rodeada de agujas de pino, sentada encima de mi cárdigan azul en medio de un océano de hojas... En el bolso llevo el segundo volumen de Ana Karénina, el Diario de Katherine Mansfield y una naranja”.

(Irène Némirovsky: anotación en su “Diario” correspondiente al día antes de ser arrestada.)

La destacada escritora modernista Kathleen Bowden Murrynée Kathleen Beauchamp— vio la luz por primera vez en la ciudad de Wellington (Nueva Zelanda) el día 14 de octubre de 1888 en el seno de una familia de clase media de origen colonial y falleció en la ciudad francesa de Fontainebleau el 9 de enero de 1923. Es conocida como Katherine Mansfield, el pseudónimo literario que usó.

Biografía:

En 1893, la familia se muda a un área rural, donde pasará los mejores años de su infancia y donde nace su hermano Leslie. Cinco años más tarde la familia vuelve a Wellington y ella publica su primera historia en la revista del colegio. En 1902, se enamora de su profesor de violonchelo, pero no es correspondida. Se siente rechazada por la gente así es que, para cambiar de aires, pide a sus padres que la envíen a estudiar a Londres. Katherine MansfieldSus padres se oponen inicialmente pero, pero tras mucha insistencia, la dejan marcharse —junto a sus dos hermanas— al Queen’s College. Aparte de ir a clases al instituto, escribe también para la revista del mismo y sigue con su interés por el violonchelo. En esa época conoce a su novia y después amante, Ida Baker.

Hacia 1908, se ha convertido en una buena violonchelista y sueña con dedicarse profesionalmente a eso, pero es algo que nunca hará realidad debido a la oposición de su padre. Pasa a llevar una vida bohemia, como muchos artistas de su época, y conoce a un chico llamado Garnet Trowell, del que se queda embarazada, pero los padres de éste se oponen a la relación y ésta termina.

Annie, su madre, llega a Londres a principios de 1909 y se la lleva a Bad Wörishofen, en Baviera, Alemania, con la intención de mantener su embarazo en secreto y curar su lesbianismo, ya que su madre también conoce su relación con Ida Baker, su amante.

En algún momento en Alemania, sufre un aborto natural y pierde al bebé que esperaba.

En 1911 empieza una relación con el editor John Middleton Murry, y acabarán casándose en 1918, pero la relación es difícil de llevar debido a la existencia de Ida Baker.

En diciembre de 1917, enferma de tuberculosis, por lo que empieza a viajar por toda Europa buscando una cura para la enfermedad. A pesar de eso, su salud empeora y tiene una fuerte hemorragia de la que logra recuperarse, en marzo de 1918.

Viaja a París, donde se aloja en un balneario cerca de Fontainebleau. Allí, en Francia, permanecería Katherine hasta el final, junto a John Middleton, al tiempo que su nombre iba ganando relieve y prestancia en los círculos literarios. Su apogeo de madurez artística coincide con el final de su existencia: cierto día, y tras una ausencia, John Middleton la visita. Para demostrarle su supuesta recuperación sube precipitadamente una escalera y experimenta una súbita hemoptisis. Era la tarde del 9 de enero de 1923. Esa segunda hemorragia pulmonar será fatal, pues esa noche muere. Tenía treinta y cuatro años, y unos días antes había escrito en su Diario: “Quiero la tierra y sus maravillas: el mar, el sol. Quiero penetrar en él, ser parte de él, vivir en él, aprender de él, perder todo lo que es superficial y adquirido en mí, volverme un ser humano consciente y sincero. Al comprenderme a mí misma quiero comprender a los demás. Quiero realizar todo lo que soy capaz de hacer… trabajar con mis manos, mi corazón y mi cerebro. Quisiera tener un jardín, una casita, hierba, animales, libros, cuadros, música. Y sacar de todo esto lo que quiero escribir; expresar todas estas cosas… Quiero vivir la vida cálida, anhelante, viva, tener raíces en la vida, aprender, desear, saber, sentir, Katherine Mansfieldpensar, actuar, eso es lo que quiero, a donde debo tratar de llegar”. Quería vivir, pero también sabía —lo demostró en el cuento de la mosca— que a veces la lucha no es suficiente para lograr lo que se pretende.

Su obra: Como la de quien más quien menos, su obra está fuertemente influida por su vida. Y ésta fue una constante negación de su entorno, un rechazo de su ubicación social, una impugnación de su tiempo… Y seguramente también de sí misma: en su primera juventud, por tartamudear, ser gordita y gastar lentes. Más tarde, por ser homosexual en una época en la que eso se consideraba un defecto, un pecado y un delito. La segunda nota definitoria sería su gran sensibilidad, y la tercera, que aumentaría enormemente la anterior, la tuberculosis, esa enfermedad que la minaría física y moralmente y que acabaría con su vida pero que, paradójicamente, dotaría a la literatura de sus cinco últimos años de vida de un intimismo y de una fuerza de expresión difícilmente igualables. En general, sus relatos —breves casi siempre— son de carácter poético, delicado e irónico, y se caracterizan por una sutil sensibilidad para captar las emociones y los estados de ánimo, y para revelar los conflictos internos que sus personajes han de afrontar y resolver. Su estilo, muy influido por el tal vez mejor escritor de relatos de todos los tiempos, el ruso Anton Chéjov (1860 - 1904), ejerció a su vez una gran influencia en la creación posterior. Entre sus cuentos o relatos destacan Pensión de familia alemana (1911); Felicidad —una serie de historias en las que la autora evoca su tierra natal— (1920), y Fiesta en el jardín (1922), a quien muchos consideran el más redondo de todos, y también El nido de una paloma (1923) y Algo infantil (1924), estos dos últimos editados póstumamente por su marido. También es póstuma la edición de muchos poemas, cartas… ¡y de sus Diarios!

página siguiente

 

 
gif mosca

2010-2013 Juan Ledo
mosca@sinek.es