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Ludwig Wittgenstein:

"¿Qué se propone uno con la filosofía? Enseñar a la mosca a escapar del frasco."
(Ludwig Wittgenstein: "Investigaciones filosóficas").

Biografía:

Ludwig Josef Johann Wittgenstein, nacido en Viena, Austria, el 26 de abril de 1889, y muerto en Cambridge, Reino Unido, el 29 de abril de 1951, fue un filósofo y lingüista austriaco, posteriormente nacionalizado británico. En vida publicó solamente un libro: el Tractatus logico-philosophicus, que influyó en gran medida en los positivistas lógicos del Círculo de Viena, movimiento del que nunca se consideró miembro. Tiempo después, el Tractatus fue severamente criticado por el propio Wittgenstein en Los cuadernos azul y marrón y en sus Investigaciones filosóficas, ambas obras póstumas. Fue discípulo de Bertrand Russell en el Trinity College de Cambridge, donde más tarde también él llegó a ser profesor.Ludwig Wittgenstein de joven

Se pasó la vida interrumpiéndose, deprimido, acosado por una misteriosa fuerza existencial que lo colocaba permanentemente al borde de sí mismo. En su infancia quiso ser director de orquesta y no completó ese destino. En Berlín estudió ingeniería para terminar en Inglaterra aprendiendo filosofía con lo mejores pensadores de la época. George Edward Moore (1873 - 1958), profesor suyo, recordó en conferencias y ensayos que Wittgenstein, en cada clase, le hacía sentir la satisfacción del pensamiento porque su cara de intriga y perplejidad lo motivaba a indagar con mayor esfuerzo.

Al estallar la Primera Guerra Mundial se enroló como voluntario en el ejército austríaco. En su morral, junto a su equipo de batalla, llevaba los escritos de Lev Tolstoi (1828 - 1910), a quien admiraba tanto como a Arthur Schopenhauer (1788 - 1860) , Søren Kierkegaard (1813-1855), Blaise Pascal (1623 - 1662) y Agustín de Hipona (354 - 430). Una tarde, en medio de la lucha, aprovechó un descanso para leer el periódico y descifró en los dibujos de un accidente automovilístico su misión. La idea del Tractatus logico-philosophicus comenzó a cumplirse línea a línea. Hacia 1918, los italianos lo capturaron y pudo revisar los detalles de su obra. En 1921 la publicaba en una revista alemana y en 1922, ya traducida, en Inglaterra. Lo primero que hizo, al alcanzar una fama inusual en un tiempo tan breve y recibir, como si no bastara con la gloria, una cuantiosa herencia paterna, fue rechazarlo todo y huir. En la Baja Austria dio clases en las escuelas más humildes y durmió en los lugares más negligentes. Fue hortelano en un monasterio. Inesperadamente, volvió a Viena, construyó y diseñó un edificio para su hermana. No tardó en aburrirse, por supuesto, y se dedicó a la escultura. Quienes lo trataron supieron que algo lo perseguía desde el pasado. Algo innombrable. Volvió a Cambridge y retomó su lugar en la Universidad como profesor de filosofía. No era, como es de suponer, el maestro que quisiéramos en un aula. Con cierto aire de incuria e inseguridad, tristeza plena, daba sus clases en las tardes, sentado, propiciando una discusión en la que sospechaba que cada alumno podía ser aplastado por sus observaciones y destruida su vocación.

Bertrand Russell

Bertrand Russell (1870 - 1872, en la fotografía), atemorizado por las extrañas vacilaciones de su antiguo discípulo, lo elogió y, no sin recelo, lo definió despectivamente como "un místico matemático". Hosco, tenía la fama de espíritu hostil y excéntrico. Confiaba a pocos sus ideas y no comentaba ningún libro nuevo. Admirado, temido, envidiado, rechazado y por sobre todo respetado, vivía como un monje. Iris Murdoch (1919 - 1999), novelista y profesora en Oxford, lo conoció y consagró esta imagen: "Era muy bien parecido. Más bien pequeño, y con una cara muy, muy inteligente, escasa, con ojos penetrantes. Daba el aspecto de un vago. Vivía en dos cuartos vacíos, sin libros, con sólo un par de sillas de lona y un catre..."

El año 1933 el economista italiano Piero Sraffa (1898 - 1983), refutó, involuntariamente y a propósito de otro tema, todo su sistema de pensamiento. Cuenta James Boswell (1740 - 1795) que Samuel Johnson (1709 - 1784) pretendió confutar la teoría empirista de George Berkeley (1685 - 1753) pateando una piedra. Pues Sraffa, molesto ante la insistencia de Wittgenstein de que una proposición y lo que describe tienen la misma forma lógica y de que una proposición es una imagen del mundo, se levantó y, con los ojos fuera de sus órbitas, se puso enfrente suyo y le hizo un gesto napolitano que imaginamos no debió ser el menos expresivo del planeta. Inmediatamente preguntó: "¿Cuál es la forma lógica de este acto de expresión?". Wittgenstein enmudeció y desde ese día comenzó a reescribir todo lo que había pensado hasta la fecha.

Después, con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, trabajó como enfermero y su regreso a Cambridge se vio sacudido por la segunda anécdota esencial de su vida. Norman Malcolm (1911 - 1990) refiere que para ese momento, escribía sus Investigaciones filosóficas, y durante un paseo, estudió detenidamente un juego de fútbol. Cualquier otro se hubiera interesado por el marcador o las habilidades de los defensas y delanteros, posiblemente por la parcialidad del árbitro. El vio en las reglas de juego las condiciones del lenguaje. Pensó que el lenguaje consiste no en formas lógicas unitarias sino en juegos lingüísticos y que las reglas son fundamentales de aprender para poder expresar un argumento filosófico. Entendió que cada juego tiene sus normas y la uniformidad es un criterio tramposo. De este modo, renunció a la comodidad de la Universidad, se retiró a Irlanda, amansó pájaros y se hizo olvidar de sus amigos. Visitó Estados Unidos, quiso quedarse y un cáncer terminal lo obligó a volver a Austria. Casi mudo, con el menoscabo de sus capacidades, murió en Cambridge, no sin despedirse con estas palabras dudosamente ciertas: "... he tenido una vida maravillosa".

La mosca encerrada:

Cuando Wittgenstein pregunta cuál es la misión de la filosofía y se contesta a sí mismo que ayudar a la mosca a salir de la botella o atrapamoscas donde estaba encerrada, debemos comprender que se trata de una metáfora en la que la mosca sería el símil del ser humano, entendido como individuo, y la botella que la encierra sería nuestro propio lenguaje, que nos mantiene enclaustrados, poniendo límites a nuestro conocimiento y obligándonos a aceptar una determinada visión del mundo.

Mosca en el frascoEl problema reside en que esa mosca, en realidad, nunca vive sola, como el protagonista de la mayor parte de los libros de filosofía, llámesele sujeto cognoscente o de cualquier otro modo, sino que está siempre acompañada. Al intentar liberarse de la botella buscando la salida, va a chocar con otras moscas que siguen el mismo camino, y los intentos desesperados de todas ellas pueden hacer, si continuamos con el símil, que su movimiento dentro de la botella sea aparentemente caótico, similar al movimiento browniano de las partículas en un líquido.

Estos movimientos aparentemente al azar, esos choques, intencionados o no, entre todas esas moscas, darán lugar a series de acontecimientos que al sucederse en el tiempo podrían generar lo que normalmente llamamos historia: un proceso en el cual las acciones intencionadas de diferentes individuos generan amplias series de consecuencias casi nunca previstas por ninguno de ellos.

John M. Heaton, en su libro Wittgenstein y el psicoanálisis, afirma que: “Wittgenstein no se proponía crear teorías ni encontrar causas, sino resolver la falta de claridad”. ¿Cómo hemos llegado hasta dentro de la botella atrapamoscas? El caso es que la compulsión a teorizar nos mantiene dentro de ella. Debemos reencontrar los horizontes de la comprensión y el sentimiento que están implícitos en nuestro uso del lenguaje y que olvidamos cuando sobreviene en nosotros la confusión y desarrollamos síntomas”.

Nadie antes del vienés fundamentó tanto la filosofía en el lenguaje —más allá del cual no habría criterios racionales—, hasta el punto de convertir esa fundamentación en el leit motiv de su pensamiento porque, ¿cómo comunicarnos adecuadamente si todos hablamos idiomas diferentes, si desconocemos palabras, si las que conocemos las utilizamos torticeramente, si abusamos del lenguaje, si “en nuestro lenguaje hay incorporada toda una mitología”? La filosofía ha de ser una ciencia (una tarea) aplicada, es decir, que no se ciña al plano de la teoría, sino que nos valga para nuestra vida corriente. Y para ello ha de penetrar en el campo del lenguaje; no para “crear un lenguaje nuevo, ideal, sino aclarar su uso (...) su mira es la de eliminar malentendidos particulares; no es la de producir, por primera vez, un entendimiento real”.

En el Tractatus leemos: “La mayor parte de los interrogantes y proposiciones de los filósofos estriban en nuestra falta de comprensión de nuestra lógica lingüística” y también que “el resultado de la filosofía no son ‘proposiciones filosóficas’, sino el que las proposiciones lleguen a clarificarse. La filosofía debe clarificar y delimitar nítidamente los pensamientos, que de otro modo son, turbios y borrosos”.

Los problemas filosóficos son confusiones gramaticales, ¿y en qué momento los adquirimos? Para el filósofo Anthony Kenny (n. en 1931, ver fotografía):Anthony Kenny “Conforme a la doctrina cristiana, todos nacemos en un estado de pecado; conforme a Wittgenstein, no nacemos en un estado de pecado filosófico, pero lo adquirimos con el lenguaje. Junto con el lenguaje, junto con todos los beneficios que aporta el lenguaje, junto con todas las posibilidades que aporta para nuestra forma de vida, adoptamos, sea que lo queramos o no, ciertas tentaciones; debemos de resistirlas para no engañarnos”.

Ahora nos preguntamos: ¿y si no nos sometemos a terapia? Tratemos de encontrar una respuesta. Anthony Kenny escribe: “...la respuesta a la pregunta ‘¿Para qué entrar en la filosofía?’ es que todos somos filósofos, buenos o malos, lo queramos o no; nuestro lenguaje nos hace filósofos” En otra parte de su escrito abunda: “cada uno de nosotros, cada ser humano, está atrapado en errores filosóficos”. Sobre esto Wittgenstein anotó: “La filosofía es una herramienta útil en contra de los filósofos y en contra del filósofo dentro de nosotros”.

Kenny también reflexiona sobre el progreso en filosofía. ¿Progresa tanto como la ciencia o el arte?, si no lo hace, ¿cuál es la razón?

Al respecto, Wittgenstein escribió: “Siempre se oye decir a la gente que la filosofía no progresa y que los mismos problemas filosóficos que ya preocupaban a los griegos aún nos preocupan hoy. Pero la gente que dice eso no entiende la razón por la que tiene que ser así. La razón es que nuestro lenguaje ha permanecido el mismo y siempre nos introduce a las mismas cuestiones. Mientras haya un verbo ‘ser’ que parece funcionar como ‘comer’ y ‘beber’; mientras haya adjetivos como ‘idéntico’, ‘verdadero’, ‘falso’, ‘posible’; mientras la gente hable del paso del tiempo, de la extensión del espacio y demás; mientras todo esto suceda, la gente siempre se topará con las mismas dificultades molestas y siempre fijará la mirada en algo que ninguna explicación parece ser capaz de eliminar”.

El quid de la cuestión:

Wittgenstein es radical, puesto que con él llegamos hasta la raíz. Para no extendernos mucho, citaremos tres frases claves en su pensamiento…

Y un propósito:

Después de todo lo anterior, y para el pedagogo y filósofo Alfred Jules Ayer (1910 - 1989), quedaba asegurado el camino del positivismo lógico…

 
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2010-2013 Juan Ledo
mosca@sinek.es