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Macedonio Fernández

Macedonio y la mosca

En el verano de 1952, mientras Macedonio Fernández agonizaba, alguien advirtió con alarma que una mosca se había colado en la habitación, y pidió un diario para espantarla de la cabecera del enfermo.
—Que sea de la oposición—, se le oyó decir débil y claramente al agonizante.

Biografía:

Escritor argentino, Macedonio Fernández nació en Buenos Aires el 1 de junio de 1874 y falleció en la misma ciudad el 10 de febrero de 1952. Era hijo del estanciero y militar Macedonio Fernández y de su mujer, Rosa del Mazo.

Macedonio Fernandez

Cursó estudios jurídicos en su ciudad, siendo compañero de Enrique Larreta y del padre de Jorge Luis Borges. Ejerció durante veinte años como abogado y eventualmente como fiscal. Después llevó una vida ociosa y modesta, animando tertulias de café y participando en las reuniones y revistas de la vanguardia.

Parte de su obra se conoció póstumamente, en virtud de que dejó papeles sueltos y colaboraciones dispersas que, gracias a la labor de su hijo Adolfo de Obieta y de otros estudiosos de su literatura, acabaron reunidas en libro. La influencia de Macedonio fue sobre todo oral y epistolar —se escribió largamente con William James (1842 - 1910) y con Ramón Gómez de la Serna (1888-1963)—, aparte de proponer un ejemplo de contraliteratura, basado en el desmontaje y la parodia de los grandes géneros.

Escritores notorios como Jorge Luis Borges (1899-1986) , Leopoldo Marechal (1900 - 1970) y Julio Cortázar (1914 - 1984) han reconocido la importancia de sus ideas, sus formulaciones sorprendentes y, sobre todo, de su ruptura con los lugares comunes y la solemnidad a través del humor. En sus ensayos se advierte una buena lectura de Henri Bergson (1859 - 1941) y Sigmund Freud (1856 - 1939) . Escribió No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928), Papeles de recienvenido (1929), Una novela que comienza (1940), Poemas (1953), Museo de la novela de la Eterna (1967), Cuadernos de todo y nada (1972), Teorías (1974), Adriana Buenos Aires (1974), Epistolario (1976), Papeles antiguos (1981).

El paisaje del pensar:

Macedonio Fernández perteneció, cronológicamente, a la generación modernista de Leopoldo Lugones (1874 - 1938), pero su proyecto artístico original y excéntrico lo convirtió en un faro de las vanguardias rioplatenses y en un fundador de distintos linajes textuales de la literatura latinoamericana. Su proyección intelectual se ha visto acrecentada en la medida en que se ha ido publicando la inmensa cantidad de textos que quedaron inéditos.

El tardío conocimiento de su silencioso trabajo ha contribuido a la configuración de una imagen ya legendaria y entrañable en la tradición de las letras argentinas: Macedonio el gran conversador y agudo humorista. Los testimonios de quienes compartieron su mesa de café, la tertulia literaria o su pieza de pensión, todos conspicuos escritores, músicos o filósofos, dieron convergentes versiones de su diálogo inteligente, creativo, estimulante y de brillante humor.

Macedonio Fernandez

Dice su íntimo amigo, Raúl Scalabrini Ortiz (1898 - 1959): "Es suave y cauto para hablar. No prodiga sus palabras. Escucha en silencio, pero si su interlocutor se desvía del recto camino, Macedonio le orienta con interrogaciones socráticas, articuladas negligentemente. Destruye las vehemencias sin atacarlas, oponiéndoles un concesivo ¿le parece? que es una invitación a reflexionar."

La maestría de su conversación, exenta de énfasis y plena de sugestión pensadora gestó y alimentó su aura socrática. También la insistente mención de Macedonio por parte del joven Borges (quien lo descubrió a su llegada de Europa en 1921), como su mentor, contribuyen a la construcción de este personaje tan singular. En la correspondencia personal, Borges documenta su pasión por aprender de la sabia conversación de este hombre excepcional, cuando le anuncia: "La semana que viene, pienso descolgarme por Morón (donde Macedonio vivía solitario en una quinta prestada) y ubicar allí una noche conversadora, una de esas noches bien conversadas que parece van a inaugurar mucha claridad en la vida de uno."

En tanto que en reportajes de la vejez, sigue aduciendo Borges: "... Yo no soy un pensador. He pasado toda la vida tratando de pensar, pero no sé si he llegado. Macedonio comentaba que él no había pensado. «Lo que yo pienso me dijo una vez William James y Schopenhauer lo han pensado ya por mí». Era un hombre naturalmente generoso, que todo lo que él pensaba se lo atribuía a su interlocutor. El nunca decía «yo pienso tal o cual cosa», sino «vos, che, habrás observado, sin duda...» ¡Y uno no había observado absolutamente nada! Pero a Macedonio le parecía más cortés. En fin... él seguía su línea de pensamiento y la realidad no le importaba."

Su excelencia estaba en el diálogo, y tal vez por eso pueda asociárselo a genios que no escribieron nunca, como Sócrates o Pitágoras. Lo primordial era su compañía.

Así, podríamos seguir aportando un sinnúmero de testimonios que relatan el carisma magnético de su personalidad y su charla. Este personaje implacablemente lúcido, según esta versión, de vez en cuando escribía, pero no le interesaba en absoluto publicar.

Sin desautorizar este perfil, ni considerarlo falaz, se descubre después de su muerte, el trabajo de un hombre que se mantuvo en actividad intelectual con una práctica que él mismo denominó: el pensarescribiendo. Su escritura incesante materializó en ensayos, en novelas, en poemas y en una producción fragmentaria inclasificable, los derroteros de su original pensamiento. Se levantó de su mesa de trabajo y se retiró a la muerte, a descansar un rato, dejando todo como estaba; es decir: en el caoscosmos habitual de su dinámica anárquica de creación. El archivo de Macedonio atesora documentos de toda índole. Su fárrago apabullante desafía cualquier orden y despista cualquier investigación; su multifacética inventiva despliega la genialidad humana en su máximo esplendor; sus prodigiosos hallazgos del pensarescribiendo logran construir un mundo extraño, imaginativo y fantástico.

 

 
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2010-2013 Juan Ledo
mosca@sinek.es