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La España de las moscas

(Manuel Vicent)

“A estAntitauromaquiaa altura de los tiempos aún quedan algunos progresistas revenidos, intelectuales gastronómicos y poetas venecianos o gongorinos que tratan de purificar la fiesta de los toros. Durante el invierno suelen permanecer hibernados, pero cuando llega la feria de Sevilla o de San Isidro, de pronto, salen a la luz, olvidan la teoría cuántica, el verso quebrado o el principio de incertidumbre de Heisenberg y comienzan a hablar de cuernos afeitados, de estocadas hasta la bola y de esa pierna que el matador debe poner por delante. En la plaza de las Ventas esta gente barbuda, sentada entre japoneses de autocar, analiza con la cara profunda la perfección de los puyazos o los mandilazos que ese héroe vestido de sota de espadas da a una morcilla ensangrentada. Estos progresistas revenidos no empinan la bota de vino a pleno sol ni acostumbran a protestar. Eso lo dejan para unos exaltados que no saben controlarse en medio de la orgía. Ellos sólo toman notas cejijuntas sobre la ortodoxia de semejante estofado y en los momentos cumbres de la parodia piensan en el buey Apis, en el minotauro con hierro de la ganadería de Creta o en los marmolillos funerarios de Guisando que son todos de tres mil hierbas, y después fabrican con ellos cierta especie de literatura para impulsar hacia lo alto la España de las moscas.”

Manuel Vicent: “Sota de espadas”,
de su libro “Antitauromaquia” (Aguilar, 2001)

 

Sabemos que a Manuel Vicent le gusta mucho leer biografías. Y hace bien poco escribió la de Jesús Aguirre, decimooctavo duque de Alba (Aguirre, el magnífico. Madrid: Alfaguara; 2011). Cuando le preguntaron que quién le iba a escribir la suya, contestó que creía que nadie, seguro como estaba de que ni era importante ni interesante. Y tal vez por timidez o por recato, el caso es que no sabemos mucho de su vida. Pero como sí sabemos mucho de su pensamento, lo que no nos conste lo podemos imaginar, y lo que no sepamos, a lo mejor no es importante…

Manuel Vicent (Villavieja, Castellón, 1936) es un escritor, periodista, articulista y galerista de arte español. Después de obtener la Licenciatura en Derecho y Filosofía por la Universidad de Valencia, se trasladó a Madrid, donde cursó estudios de Periodismo en la Escuela Oficial. En la capital de España comenzó a colaborar en las revistas Hermano Lobo, Triunfo y otros medios. Sus primeros artículos sobre política los publicó en el desaparecido diario Madrid y, posteriormente, escribe en El País —medio en el que continúa colaborando— unas crónicas parlamentarias que le hacen famoso entre los lectores. Su obra comprende novelas, teatro, relatos, biografías, artículos periodísticos, libros de viajes, apuntes de gastronomía, entrevistas y semblanzas literarias, entre otros géneros. Publicó su primer libro a los 28 años, una edad que él considera límite para ser poeta y demasiado temprana para ser novelista. Sus novelas Tranvía a la Malvarrosa y Son de mar han sido adaptadas para la gran pantalla de la mano de José Luis García Sánchez (n. 1941) y Bigas Luna (n. 1946), respectivamente. Ha ganado, entre otros, los siguientes premios: el Alfaguara de novela en 1966 por Pascua y naranjas y en 1999 por Son de mar, el González-Ruano de periodismo en 1979 por No pongas tus sucias manos sobre Mozart, el Nadal en 1987 Tranvía a la Malvarrosapor La balada de Caín (había sido finalista en 1979 por El anarquista coronado de adelfas), y el Francisco Cerecedo de periodismo en 1994.

Como escritor, entre todos los géneros que hemos nombrado, destaca su preferencia por el periodismo y la narración, dos caras para una misma moneda, pero entendiendo que en sus manos, como dijo alguien, el artículo es narración y la narración, reportaje. Tal vez es que en él las dos cosas son lo mismo, sólo varía la cantidad de palabras.

En su obra siempre están la poética y el misterio, lo profundo y lo sencillo y, sobre todo, la luz y la claridad. El pensamiento de Vicent es el de la sencillez y el de la Naturaleza, el de la geometría y la música, y el de la gastronomía. Y el del mar. El mar —él que nació a su vera—, lo conoció siempre, pero también pudo aprender con las páginas sabias de algunos de sus escritores favoritos, de Albert Camus (1913-1960), por ejemplo, para quien el Mediterráneo es más que un mar, es una pulsión espiritual y casi física que se puede sentir sin que le sea dado un nombre y que representa el placer contra el destino aciago, la moral sin culpa y la inocencia sin ningún dios. sobre el mar también aprendió de Joseph Conrad (1857-1924) quien, en alguna de sus novelas decía más o menos que si en medio de un gran temporal el navegante piensa que el mar encrespado forma un todo absoluto, el ánimo sobrecogido por la grandeza de la adversidad entregará muy pronto sus fuerzas al abismo; en cambio, si olvida que el mar es un monstruo insondable y concentra su pensamiento en la ola concreta que se acerca y dedica todo el esfuerzo a esquivar su zarpazo y realiza sobre él una victoria singular, llegará el momento en que el mar se calme y el barco volverá a navegar de modo placentero.

Es un intelectual para quien la auténtica intelectualidad, la auténtica cultura y la auténtica inteligencia no consisten en grandes teorías de nombres impronunciables ni en magnificiencias deslumbrantes ni en ganar el premio Nobel: la máxima profundidad del ser humano —en eso coincide con André Gide (1869-1951)— está en su piel y en cada uno de los sentidos que componen su alma. No hay más, y allá cada cual con sus oropeles. Él no los necesita, durante años, en su DNI, al especificar la profesión, se presentaba de forma sencilla pero inapelable como ‘agricultor’.

Cada cual que busque a su manera su propio camino (o autopista) hacia la felicidad: unos lo harán persiguiendo soluciones metafísicas a sus problemas existenciales en el marxismo; otros, en el esoterismo, la astrología y los tarots, así como en viajes a Ganímedes y en ritos tántricos en los que puede uno verse el aura; otros, más gastrónomos, creerán descubrir la cota más alta del espíritu en los libros de cocina o en el potaje de su abuela. Y los más desgraciados recurrirán a los libros de autoayuda o a la consulta del psiquiatra. Y ninguno logrará hallarse si no es a través de la libertad, que consiste en que en tu propio camino, el que tú mismo te has labrado, nadie coloque un cartelito que ponga “prohibido pasar”,

Vicent, aunque no le da empacho en reconocerse abúlico, no es pasota. Si acaso pasa de la gente tóxica (como se diría hoy), de aquella especializada en convertirse en estorbo para la felicidad de los que tienen la suerte de poder gozarla, gente que como no comprende porque no tiene emociones (la emoción es la verdadera inteligencia), se interpone entre ti y el mundo mágico que a pesar de todo es posible encontrar debajo de la realidad si se escarba con una mirada lo suficiente poética. ¿Cuál es el aprendizaje más importante?, ¿la teoría de la competencia de Schumpeter, la del psicoanálisis de Freud, la de los quarks, el análisis materialista de la historia de Marx? Todo eso es muy interesante, pero lo primordial es saber cómo perfumar adecuadamente un pescado o intuir cuándo la luz de los amaneceres es más sugerente. O como dice él: “Toda mi filosofía se reduce a que la crueldad de la historia, la imbecilidad humana y los zarpazos de la naturaleza no me cieguen hasta el punto de ignorar que éste es el momento idóneo para plantar berenjenas.”

La felicidad consiste en plantar berenjenas, en ver crecer las matas día a día y en recolectarlas en su momento para saborearlas después convenientemente cocinadas. La felicidad es “comerse un higo chumbo junto a una tapia encalada y saber íntimamente que el azar es una de las formas que adopta la luz del sol cada día”.

Pero… ¿y los problemas, no ya los tuyos, sino los del mundo? Probablemente Vicent es un pequeño cobarde que prefiere vivir aislado, incontaminado, entre lechugas y gallinas, tratando de que su lucha por la existencia consista en que a la hora del desayuno sea mucho más importante el aroma del café que las catástrofes que lee en el periódico abierto junto a las tostadas, y contemplando el crepúsculo mientras otros llenan el saco. Pero es una solución, no sabemos si la mejor: cuando la gente avarienta y despiadada revolotea a tu alrededor —un prestamista al que no has podido atender, por ejemplo—, el consejo es el siguiente: “pon los pies a remojo en un lebrillo bajo la parra, come frutas y ensaladas, vístete con los viejos pantalones y una camisa blanca y limpia, cómprate un sombrero de paja, cuida tu salud para que al menos la crisis económica no te haga sangrar la úlcera de estómago y aguanta todos los embates agarrado al tarro de mermelada de la abuela.”

Su literatura está dedicada a eso: más que a descubrir la cuadratura del círculo, a expresar emociones, ideas, pensamientos, a seguir el hilo de Ariadna de la vida. Y es el suyo un arte siempre curioso y siempre diferente, lleno de de sorpresa, de curiosidad, y de esfuerzo, tres cosas en las cuales la capacidad ha de estar a la altura del oficio. No se trata de encontrar la fórmula mágica, aquella que nos permita triunfar siempre basándonos en la repetición. No se trata de eso porque, entre otras cosas, eso no existe, es una quimera, es una contradictio in terminis, el arte se basa en la originalidad, la vida también, todo lo que tiene interés se basa en la sorpresa y la sorpresa se basa en la creación.

¿Es el escribir una actividad árida y difícil? Es una labor de artesano, no es fácil. Se goza mucho más después de haber logrado lo que se intentaba, cuando reconoces haber encontrado la belleza que buscabas que cuando luchabas arduamente por conseguirlo. “Escribir me da la satisfacción de estar vivo —dice—. La creación es un momento erótico (…). Yo no lo paso bien escribiendo, pero es una satisfacción dejar de escribir por haber escrito".

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2010-2012 Juan Ledo
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