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¿Quiénes son más inteligentes, las moscas o las abejas?

(Maurice Maeterlinck)

Hay quien muestra contra las abejas un rencor bastante gracioso, como Georges Louis Leclerc, Conde de Buffon (1707-1788), quien dice que esas moscas —como él las llama— tienen menos ingenio que el perro, el mono y la mayor parte de los animales y también menos docilidad, menos apego y menos sentimientos. Y cree que la inteligencia que se les atribuye no es más que apariencia de lo que consiguen gracias a su multitud reunida, pero esa reunión misma no supondría ninguna inteligencia, puesto que no se reúnen con fines morales, sino que se encuentran juntas sin su consentimiento. Las sociedades de abejas no serían sino reunión física ordenada por la Naturaleza e independiente de todo conocimiento y de todo razonamiento. La madre abeja produce de una vez diez mil individuos en el mismo punto; estos diez mil individuos, aunque sean mil veces más estúpidos de lo que el Conde de Buffon supone, se verán obligados, sólo para seguir existiendo, a arreglarse de algún modo.

AbejaPero como parece que nada haya tan arbitrario como las distinciones entre el instinto y la inteligencia propiamente dicha, cada uno puede opinar lo que quiera sobre el modo de comportarse de los insectos, y John Lubbock (1834-1913), que tanto estudió durante su vida a las hormigas, las avispas y las abejas, y tantas observaciones personales y curiosas realizó sobre ellas, tenía una gran predilección, quizá inconsciente y acaso algo injusta, por las hormigas, que las que estudió con especial interés, al mismo tiempo que se inclinaba a negar a la abeja todo discernimiento y toda facultad de raciocinio más allá del que despliega cuando se dedica rutinariamente a sus trabajos habituales. Y da como prueba una experiencia que se puede repetir fácilmente: "Meted en una garrafa media docena de moscas y media docena de abejas; colocad luego horizontalmente la garrafa con el fondo hacia la ventana de la habitación; las abejas se empeñarán, durante horas, hasta morir de fatiga o de inanición, en buscar una salida a través del fondo del cristal, mientras que las moscas, en menos de dos minutos habrán salido en el sentido opuesto, por el cuello de la botella." Sir John Lubbock deduce de ello que la inteligencia de la abeja es en extremo limitada y que la mosca es mucho más hábil en salir del paso y encontrar su camino. Y si volviésemos la botella alternativamente hacia la luz veinte veces seguidas, ora al fondo, ora al gollete, veinte veces seguidas las abejas se volverían al mismo tiempo para hacer frente a la luz. Lo que las pierde es su amor a la luz, creer que en toda prisión el rescate está por la parte de la claridad más viva; obran en consecuencia y se obstinan en actuar con demasiada lógica. No han tenido nunca conocimiento del misterio sobrenatural que para ellas representa el vidrio, esa atmósfera súbitamente impenetrable, que no existe en la Naturaleza, y el obstáculo y el misterio deben de serles tanto más inadmisibles, tanto más incomprensibles cuanto más inteligentes son. Al mismo tiempo, las moscas aturdidas, sin seso, sin tener cuenta de la lógica, del llamamiento de la luz, del enigma del cristal, revolotean al azar en el globo, y encontrando aquí la buena suerte de los simples, que a veces se salvan donde perecen los más sabios, acaban necesariamente por averiguar a su paso el buen cuello que las salva.

La vida de las abejas¿Otra prueba de la falta de inteligencia de las abejas? La que da el venerable y paternal gran apicultor americano Lorenzo Lorraine Langstroth (1810 - 1895). Dice: «Como la mosca no ha sido llamada a vivir sobre las flores, sino sobre sustancias en las cuales se podría ahogar fácilmente, se posa con precaución en el borde de los vasos que contienen un alimento líquido y bebe en ellos con prudencia, mientras que la pobre abeja se tira de cabeza y no tarda en perecer. El funesto destino de sus hermanas no detiene un solo instante a las demás cuando se acercan a su vez al cebo, pues se posan como locas sobre los cadáveres y sobre las moribundas para compartir su triste suerte. Nadie puede imaginarse la extensión de su locura si no ha visto una confitería invadida por miríadas de abejas famélicas. He visto sacarlas a millares de los jarabes en que se habían ahogado, y posaron a millares tambien sobre el azúcar en ebullición; he visto el suelo cubierto y las ventanas oscurecidas por las abejas; unas, arrastrándose; otras, volando, y otras, en fin tan completamente enviscadas, que no podrían arrastrarse ni volar; ni de cada diez una era capaz de llevar a la colmena el botín mal adquirido, y, sin embargo, el aire estaba lleno de nuevas legiones que llegaban para proceder con igual insensatez.»”

Todas estas cosas las cuenta Maurice Maeterlinck en su "Vida de las abejas", uno de los libros más hermosos que se hayan escrito jamás sobre la vida de estos animalillos, y tal vez la manera más poética de adentrarse en su conocimiento sin abandonar lo meramente científico o técnico. Por cierto, su opinión particular sobre la inteligencia de las abejas, y los himenópteros en general es muy otra de las del Conde de Buffon, de John Lubbock o de Lorenzo Lorraine Langstroth, pues opina de los mismos que "son, inmediatamente después del hombre, los habitantes del globo más favorecidos respecto a la inteligencia."

Maurice Maeterlinck (Gante, Bélgica, 29 de agosto de 1862 - Niza, Francia, 5 de mayo de 1949, ver imagen inferior ) fue un dramaturgo y ensayista belga en lengua francesa y está considerado uno de los mayores exponentes del teatro simbolista. Fue principalmente por su teatro por el que mereció el Premio Nobel de Literatura, galardón que recibió en 1911 «en reconocimiento a sus actividades literarias multilaterales, y especialmente de sus obras dramáticas, que se distinguen por una riqueza de imaginación y una fantasía poética, la cual revela, a veces con el aspecto de un cuento de hadas, una profunda inspiración, mientras atraen los propios sentimientos de los lectores y estimulan su imaginación de una forma misteriosa».

Maurice MaeterlinckTal vez la Academia estaba pensando sobre todo en El pájaro azul (L'Oiseau blue, 1908), que es una obra de teatro en la que los protagonistas son los niños (acaso una de las mejores obras con niños, pero probablemente también una de las más complicadas de montar, pues a un elenco de más de una veintena de menores se añade un plan de decorados casi imposible de seguir), pero que no está escrita solamente para ellos. En ella Maeterlinck nos enseña cómo se busca la felicidad —presentándonos dos niños que van buscándola por todas partes—, simbolizada en el pájaro azul. Los niños hallan muchos pájaros que parecen azules a determinadas luces, pero que examinados de cerca, se ve que son da otro color. Cansados y después de sortear varios peligros, vuelven por fin a su casa, y allí encuentran al pájaro azul, que equivocados anduvieron buscando fuera de ella. Su vista no había sido lo suficientemente perspicaz para alcanzar a verlo, hasta después de haberle buscado, ansiosos, por doquier. El pájaro azul, estrenado por el mítico Konstantin Stanislavski (1863-1938) en el Teatro de Arte de Moscú, es una féerie transida de sutil lirismo que reúne los más variados motivos del cuento de hadas, componiéndolos y animándolos con desbordante fantasía.

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