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Pablo Neruda

(Moscas húmedas de sangre humilde y mermelada)

 

La United Fruit Co.

Cuando sonó la trompeta, estuvo
todo preparado en la tierra,
y Jehová repartió el mundo
a Coca-Cola Inc., Anaconda,
Ford Motors, y otras entidades:
la Compañía Frutera Inc.
se reservó lo más jugoso,
la costa central de mi tierra,
la dulce cintura de América.

Bautizó de nuevo sus tierras
como “Repúblicas Bananas”,
y sobre los muertos dormidos,
sobre los héroes inquietos
que conquistaron la grandeza,
la libertad y las banderas,
estableció la ópera bufa:
enajenó los albedríos,
regaló coronas de César,
desenvainó la envidia, atrajo
la dictadura de las moscas,
moscas Trujillos, moscas Tachos,
moscas Carías, moscas Martínez,
moscas Ubico, moscas húmedas
de sangre humilde y mermelada,
moscas borrachas que zumban
sobre las tumbas populares,
moscas de circo, sabias moscas
entendidas en tiranía.

Entre las moscas sanguinarias
la Frutera desembarca,
arrasando el café y las frutas,
en sus barcos que deslizaron
como bandejas el tesoro
de nuestras tierras sumergidas.

Mientras tanto, por los abismos
azucarados de los puertos,
caían indios sepultados
en el vapor de la mañana:
un cuerpo rueda, una cosa
sin nombre, un número caído,
un racimo de fruta muerta
derramada en el pudridero.

Pablo Neruda, de Canto general (1950)

 

¿Qué significa República bananera?

Aunque en la actualidad se acostumbra a llamar república bananera lato sensu— a cualquier país del mundo que se considere plagadoPablo Neruda de inestabilidad política, corrupción, e ilegalidad en su vida cotidiana (de hecho estos rasgos han sido invocados para calificar como república bananera a países de Europa del Este o del Asia Central post desintegración de la Unión Soviética en 1991), lo cierto es que dicho término peyorativo (República bananera, del inglés Banana Republic) se corresponde con un país centroamericano del siglo XX caracterizado por ser pequeño, pobre, inestable y muy corrupto, cuya economía depende de unos pocos productos de escaso valor agregado —cuyo símbolo serían las bananas— y gobernado por un dictador o por una junta militar relacionados de forma muy sumisa con capital proveniente de los Estados Unidos.

El primero en utilizar el término fue el escritor estadounidense O. Henry (1862 - 1910) en 1904 para describir el país imaginario de Anchuria en Cabbages and Kings (Coles y reyes), una relación de cuentos cortos ambientados en Centroamérica. Henry se inspiró en lo que había visto en Honduras, un país que en su día casi entró en guerra con su vecina Guatemala debido a rivalidades y enfrentamientos entre la Cuyamel Fruit Company (CFC) y la United Fruit Company. (UFCO).

De todas las notas definitorias y constitutivas del estereotipo república bananera, acaso la más notable sea el poder omnímodo y casi absoluto que ejerce sobre su gobierno una gran empresa extranjera (estadounidense), ya sea mediante sobornos a los gobernantes o por simple ejercicio de su poder financiero.

El estereotipo república bananera y la expresión dictadura servil marcharon de la mano durante gran parte del siglo XX en Centroamérica y cuando se habla de ambos conceptos, el imaginario colectivo de la zona piensa, antes que nada en la United Fruit Company y en el monocultivo de banano o plátano.

¿Qué fue la United Fruit Company?

La United Fruit Company (UFC) (1899-1970) era una multinacional estadounidense que destacó en la producción y el comercio de frutas tropicales (especialmente plátanos y piñas) en plantaciones del Tercer mundo. Sus intereses comerciales abarcaban grandes extensiones de Centroamérica y del Caribe donde la empresa era conocida como Mamita Yunai, (Nótese que "Yunay" es una deformación del término "United").

La United Fruits Company o UFC empezó a operar en América Central desde 1899, cuando el empresario estadounidense Minor Cooper Keith (1848 - 1929) fusionó su negocio de siembra de plátano y transporte ferroviario (que llegó a abarcar toda Centroamérica) con la Boston Fruit Company de Andrew Woodbury Preston (1846 - 1924) . La empresa resultante, la United Fruit Company, compró grandes extensiones de tierras para dedicarlas al cultivo del plátano (luego se iría diversificando la producción), destinado casi en su totalidad a la exportación al mercado de Estados Unidos de frutas.

La política económico-empresarial de la UFC en América Central se basaba en comprar a precio bajo enormes extensiones de tierras en la zona, para evitar que surgieran competidores y luego en un régimen de máximo monopolismo, obtener grandes ganancias mediante una política combinada de pocos costes tributarios (sobornando a los políticos) y de salarios ínfimos (luchado incluso vilentamente contra el poder sindical).

Generalmente esta política o ambiente favorable de negocios no era posible de poner en práctica ni de mantener una vez conseguida, sin que los dirigentes de la UFC se involucrasen de una forma necesariamente muy activa en la política doméstica de los países de América Central, lo cual incluiría golpes de estado, dictaduras militares y máxima represión, todo al servicio de los intereses de la UFC y de los Estados Unidos en uno de sus momentos de máximo esplendor colonialista.

Las actuaciones ilegales o, directamente, criminales han salpicado la historia de la UFC desde sus comienzos. Una de ellas es recordada en Colombia de forma especialmente dolorosa. Ocurrió en 1928 cuando, ante las protestas de los trabajadores agrícolas demandando mejoras laborales, la compañía logró que las autoridades locales reprimiesen la manifestación a tiros, asesinando vil e impunemente a muchísimos manifestantes. Es lo que se conoce como la Masacre de las Bananeras.

En 1969 fue comprada por Zapata Corporation, empresa relacionada con George H. W. Bush. La empresa cambió su razón social como Chiquita Brands International, y hasta el día de hoy opera bajo este nombre.

En 2007 Chiquita Brands enfrentó un juicio en Estados Unidos por haber financiado grupos de autodefensa paramilitar en Colombia que fueron responsables de la masacre de sindicalistas y campesinos; la compañía tuvo que pagar una multa a las autoridades de su país pero ahora las autoridades colombianas buscan cooperación de Estados Unidos para que extraditen a los funcionarios responsables de estos delitos y sean juzgados en el país.

Muchos literatos e intelectuales varios han dado en denunciar la naturaleza corrupta de los gobiernos centroamericanos que, alejados de los intereses de sus pueblos, únicamente favorecían intereses espurios. Aparte de Pablo Neruda (1904 - 1973), cuyo poema “La United Fruit Co.” vimos al comienzo, podemos podemos citar al escritor Miguel Ángel Asturias (Ciudad de Guatemala, 1899 – Madrid 1974), que recibiría el Nobel de literatura en 1967. Su trilogía compuesta por Viento fuerte (1950), El Papa verde (1954) y Los ojos de los enterrados (1955) es, en primer lugar, una denuncia hacia los abusos e incongruencias de un sistema basado en el colonialismo económico. Y en segundo lugar, constituye una historia novelada de la United Fruit Company en Guatemala.

Como es natural, el punto de vista tiene que ser guatemalteco. Asturias no puede menos de reclamar contra el papel nocivo que la Compañía ha desempeñado en Guatemala. Sin embargo, a diferencia de casi todos los otros autores hispanoamericanos que han escrito novelas antiimperialistas, Asturias logra refrenar su pasión, Su presentación, revestida de su propio estilo vanguardista, es relativamente objetiva y equilibrada.

Asturias describe un mundo en el que lo pequeño, lo anecdótico y lo marginal pierden relieve frente a una realidad más poderosa que los devora: la gran empresa norteamericana y la tierra. Para estos auténticos protagonistas, Asturias crea unos arquetipos simbólicos: el aventurero del Norte, un gigante sin escrúpulos cuya única tarea consiste en despojar a los indígenas de sus miserables cultivos, y el hombre de la tierra, la figura múltiple del nativo en contacto con la naturaleza. Frente a la insaciable voracidad de la Compañía Frutera norteamericana, el indígena sólo puede oponer sus armas arcaicas: la maldición, el hechizo y el encantamiento. Esta lucha se transforma, gracias a la maestría poética de Asturias, en un canto audaz y brillante de la exuberancia, el sensualismo y el misterio del mundo tropical, así como el rechazo de una civilización basada en la explotación y la rapiña.

El papa Verde (1954) es una de las mejores novelas antiimperialistas que ha dado la literatura universal de todos los tiempos, y la que más fama dio a su autor. Denuncia la penetración del capital norteamericano en los resortes de los aparatos de gobierno de los pueblos de Hispanoamérica y la creación de un poder distinto y superior a ellos: los grandes consorcios inversionistas extranjeros en connivencia con los políticos-hombre de paja y de las familias benestantes del país. La formidable figura de Maker Thomson, el papa verde, empeñado en la tarea de crear un inmenso imperio en Centroamérica y aspirante a la presidencia de la Tropical Bananera, se contrapone a la de Mavati, arquetipo del elemento mágico y mitológico presente siempre en la obra del gran narrador guatemalteco. Los esfuerzos de los Lucero, herederos de Lester Mead y fieles a su proyecto de fundar una cooperativa en lucha contra la compañía, completan la trama argumental de esta impresionante novela.

Apuntes históricos sobre la Masacre de las Bananeras

En 1920 la United Fruit Company llevaba ya muchos operando en Colombia y explotando a los trabajadores aprovechando la falta de legislación laboral en el país, mediante la utilización de un sistema de subcontratación que le permitía hacer caso omiso de las peticiones obreras. Por esas fechas los sindicatos comenzaron a organizarse y a exigir un trato digno para sus trabajadores, y llamaron a los miles de obreros de la empresa a ir a la huelga, pidiendo descanso dominical, mejor atención medica y mejor salario.

La Masacre de las Bananeras es un episodio ocurrido en la población colombiana de Ciénaga (Magdalena) en 1928 cuando el presidente Miguel Abadía Méndez (1867 - 1947) ordenó a las fuerzas armadas de Colombia abrir el fuego contra un número indeterminado de manifestantes, trabajadores de la United Fruit Company reunidos en la plaza principal de la ciudad. El relato de los hechos sería éste:

En la tarde del 6 de diciembre de 1928, después de casi un mes de huelga de los diez mil trabajadores de la United Fruit Company, corrió el rumor (o se hizo circular) de que el gobernador del Magdalena se entrevistaría con ellos en la estación del tren de Ciénaga. Era un alivio para los huelguistas, pues no habían recibido del gobierno conservador sino amenazas y ninguna respuesta positiva de la multinacional.

Desde el principio hubo brotes de violencia de todos los lados, los obreros, los agentes de la United y fuerzas armadas, pero no pasaban de escaramuzas aisladas. Por eso los huelguistas acudieron en masa a la estación de Ciénaga al encuentro con el primer funcionario gubernamental que se dignaba hablar con ellos.

Como pasaban las horas y el funcionario no llegaba, los ánimos se fueron exacerbando, tanto entre los manifestantes como entre los soldados emplazados en el sitio.

En ese momento, las fuerzas armadas dieron la orden de desalojo en 5 minutos, que fue desobedecida por los trabajadores quienes enardecidos vociferaban abajos a la multinacional y al gobierno.

El General Cortés Vargas, quien fue el que dio la orden de disparar, argumentó posteriormente que lo había hecho, entre otros motivos, porque tenía información de que barcos estadounidenses estaban cerca a las costas colombianas listos a desembarcar tropas para defender al personal estadounidense y los intereses de la United Fruit Company, y que de no haber dado la orden Estados Unidos habría invadido tierras colombianas.

Esta posición fue fuertemente criticada en el Senado, en especial por Jorge Eliécer Gaitán (1898 - 1948) quién aseguraba que esas mismas balas debían haber sido utilizadas para detener al invasor extranjero.

El número de muertos no se ha determinado y sigue siendo motivo de debate. Sólo fueron nueve según la versión oficial del gobierno colombiano del momento. Otra versión es aquella contenida en los telegramas enviados el 7 de diciembre de 1928 por el consulado de Estados Unidos en Santa Marta a la Secretaría de Estado de Estados Unidos, donde inicialmente se informaba que fueron cerca de 50 los muertos. Más tarde en su comunicado del 29 de diciembre de 1928 indicó que fueron entre 500 y 600, además de la muerte de uno de los militares. Por último en su comunicado del 16 de enero de 1929 indicó que el número excedía los 1.000. Según el consulado, la fuente de dichas cifras fue el representante de la United Fruit Company en Bogotá. Si la contabilización fue tan dificultosa es, entre otras cosas porque según testigos presenciales muchos de los cuerpos fueron llevados en trenes y hechos desaparecer en el mar.Gabriel García Márquez

El escritor colombiano Gabriel García Márquez (n. 1927) narra así la masacre en Cien años de soledad (1967):

“El capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre compacta que parecía  petrificada por una invulnerabilidad instantánea.

Los sobrevivientes, en vez de tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta…Estaban acorralados, girando en un torbellino gigantesco que poco a poco se reducía a su epicentro porque sus bordes iban  siendo sistemáticamente recortados en redondo, como pelando una cebolla, por las tijeras insaciables y metódicas de la metralla.

Y, recogiendo la versión de la historiografía oficial que pretendió, por encima de todas las evidencias, extirpar de la memoria colectiva la significación de los sucesos, sigue narrando:

José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café.

–Debían ser como tres mil –murmuró

–¿Qué?

–Los muertos –aclaró él. Debían ser todos los que estaban en la estación.

La mujer lo midió con una mirada de lástima. “Aquí no ha habido muertos”, dijo.

Tampoco [Aureliano Segundo] creyó la versión de la masacre ni la pesadilla del tren cargado de muertos que viajaba hacia el mar. La noche anterior habían leído un bando nacional extraordinario, para informar que los obreros habían obedecido la orden de evacuar la estación, y se dirigían a sus casas en caravanas pacíficas.

“Seguro que fue un sueño” insistían los oficiales. “En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz”.


Cabe decir que este episodio histórico ya fue sustantivo en la novela cinco años anterior La casa grande (1962), de Álvaro Cepeda Samudio (1926 - 1972).

No cabe duda que este escritor colombiano tenía una claridad ideológica madura cuando decidió escribir lo que relató. Muy probablemente deseaba convertirlo en sustancia literaria fuera de tiempo y lugar histórico que le permitiera replicar en espejo aquel terrible acontecimiento que cicatrizó profundamente su infancia: la masacre de las bananeras en 1928, y así poder estirarlo hasta la llamada violencia fratricida liberal-conservadora de los 50, que él vivió mientras escribía la novela, y que además ha llegado hasta el día de hoy sin muchas variaciones.

La novela tiene el claro objetivo subversivo de recontar y reescribir con brutalidad y altura literaria la versión oficial idílica de la espantosa Masacre de las Bananeras, sacándola de la estrategia del olvido sistemático impuesto por el poder oligárquico yanqui. Consta de 11 capítulos escritos desde la mirada de las víctimas, es decir los derrotados, con estilos y técnicas depuradas y se podría decir que cada uno de ellos constituye un cuento en sí mismo.

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2010-2012 Juan Ledo
mosca@sinek.es