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Historia de un diablillo valiente (Katherine Mansfield) Escapar del frasco (Ludwig Wittgenstein) La mosca medio inteligente (James Thurber) Animales que de lejos parecen moscas y la paradoja de Russell (Jorge Luis Borges) ¿De qué metal está hecho el pájaro mosca? (Nicolás Guillén) Ni moscas ni espantamoscas (George Orwell) Moscas húmedas de sangre humilde y mermelada (Pablo Neruda) Júpiter, Dios de las moscas y de la muerte (Jean-Paul Sartre) El suplicio de las moscas (Elías Canetti) El Señor de las Moscas (William Golding) En el burdel, en la cocina, sobre un peine (Julio Cortázar) Esa mosca murió a las tres y veinte (Marguerite Duras) Moscas en la mierda (Nicanor Parra) Furiosos pedacitos de vida (Charles Bukowski) Posada en un tronco de sauce (Miroslav Holub) Me estaba molestando una mosca (Slawomir Mrozek) Deux façons d'enculer les mouches (Boris Vian) Sota de espadas (Manuel Vicent) Una mosca en la sopa (Charles Simic) Los derechos de las moscas (Peter Singer) Cinco moscas azules (Carmen de Posadas) Puer, abige muscas (Cicerón, Flaubert y Woody Allen) Elogio de la mosca Gatos, moscas y curas Enciclopedia de la palabra 'mosca'


Slawomir Mrozek

 

“Me estaba molestando una mosca. Yo la espantaba, pero ella volvía, así que la volvía a espantar.
-Conque no, ¿eh?. Vale, esperaré a que…
Se apartó un poco y se posó sobre un perro muerto.
-¿A qué? –pregunté.
No contestó. Y yo no insistí, temiendo conocer ya la respuesta.”

(Mrozek: La mosca)

Slawomir Mrozek (“—¿Cuál es la diferencia entre física y metafísica? —Física hay cuando una piedra cae de arriba abajo, y metafísica, cuando una piedra cae de abajo arriba.”) nació en Borzecin, Polonia, en 1930). Ha estudiado arquitectura, historia del arte y cultura oriental. Slawomir MrozekAntes de darse a conocer como escritor, obtuvo cierto éxito como periodista y dibujante satírico. A partir de 1957, su carrera literaria se desdobla en dos facetas, la de autor dramático y la de narrador. En ambos raya a gran altura, y por ello la crítica especializada le otorga el valor que tiene pero, incomprensiblemente, es todavía un autor semidesconocido internacionalmente, sobre todo en algunos países como el nuestro. Vitold Gombrowicz (1904 - 1969) , en su “Diario” le rinde homenaje, y dice que de él, al igual que de Bruno Schulz (1892- 1942), de Stanislaw Ignacy Witkiewicz (1885 - 1939) y de Czeslaw Milosz (1911 - 2004), es el mérito de haber abierto Polonia a la cultura occidental, dejando atrás la rémora asiática.

Por cuestiones políticas Mzorek debió vivir entre 1963 y 1996 fuera de Polonia (en Italia, Francia y México), hasta que en 1997 volvió a su patria.

Como dramaturgo, es un clásico contemporáneo en su país de origen y tiene afamadas obras —como Tango o Policía— que se representan por toda Europa. Sus obras suelen encuadrarse dentro del teatro del absurdo, aunque en una línea más satírica y política que, por ejemplo, el teatro humorístico de Ionesco o el existencialista de Beckett.

Por otro lado, en su faceta de narrador relucen con luz propia sus microrrelatos, que son opúsculos críticos, ácidos e irónicos pero al mismo tiempo divertidos, absolutamente inteligentes, deliciosos y sorprendentes. Su absurdo, bastante más naïf que el kafkiano, aborda cualquier tema o situación, pero parece alcanzar la perfección cuando retrata, rebosando negro humor, el modo de vida del hombre occidental-capitalista, así como las estructuras y modelos soviéticos de la Polonia y del Bloque del Este comunistas.

Es una muy buena idea seguirle la pista a este escritor y hacerse fan de él: pocos hay con tanta frescura y con tanta lucidez. Poca gente que se decida a leerlo quedará decepcionada… Veamos algunos ejemplos de su creación:

El futuro

“El futuro es un enigma, pero ¿para qué están los augurios?. Los antiguos vaticinaban por el vuelo de las aves y de este modo llegaban a saber lo que les esperaba. Incluso yo mismo puedo vaticinar mi futuro.

Fui al parque, donde pájaros no faltan. Algunos volaban, otros estaban posados en los árboles, otros merodeaban por el césped. A mi me interesaban sólo los voladores.

Alcé la cabeza y empecé a observarlos. No llevaba esperando mucho cuando sentí en la calva un ¡plaf! y mi futuro se me hizo simbólicamente claro.

He averiguado una sola cosa acerca del futuro: no vaticinar nunca por el vuelo de las aves sin un buen sombrero.”

El árbol (fragmento)

“Recibí un escrito de la Autoridad. "Existe el peligro —decía el escrito— de que un coche pueda chocar contra el árbol, ya que el árbol crece en la curva. Por lo tanto, hay que talarlo".

Me quedé preocupado. Llevaban razón. Efectivamente, el árbol está junto a la curva, y cada vez hay más coches que cada vez corren más rápido y sin prudencia. En cualquier momento puede chocar alguno contra el árbol. Así que tomé una escopeta de dos cañones, me senté bajo el árbol y, al ver acercarse al primero, disparé. Pero no acerté.

Por eso me arrestaron y me llevaron a juicio.

Traté de explicar al tribunal que había fallado únicamente porque mi vista ya no es buena, pero que si me dieran unas gafas seguro que acertaba. No sirvió de nada.

No hay justicia. Es verdad que un coche puede chocar contra el árbol y dañarlo. Pero sólo con que me dieran unas gafas y algo de munición, me quedaría sentado vigilando. ¿A qué tanta prisa por talar un árbol si hay otros métodos que pueden protegerlo de un accidente?

Y no les costaría nada, aparte de la munición. ¿Acaso es un gasto excesivo?”

El cinéfilo

“Fui al cine a ver una película histórica. En principio, salvo las de romanos —salen tías en pelotas—, no me gustan las películas históricas, sin embargo, en el cartel había una guillotina y a mí eso de las herramientas afiladas en acción me atrae. Lo que más me mola es cuando cortan a la gente con una sierra, sobre todo si es mecánica, aunque también una guillotina tiene su punto. El título era Luis XVI. Luis, un nombre normal, mi primo se llama Luis, pero ¿y ese apellido? Yo qué sé. El tal Luis seguro que era un analfabeto y firmaba así. La peli no empezó nada mal. Mucha lanza, bayoneta y sable, pero yo esperaba la guillotina. Y ya estaban a punto de cortarle la cabeza a un rey, cuando un tipo se me sienta delante y me tapa la pantalla. —Oye, tú, mueve la cabeza a la derecha o a la izquierda, que no veo nada —le dije. Y, en vez de moverla el tío se la cogió de las orejas, tiró hacia arriba, se la quitó del cuello y se la puso en las rodillas. De nuevo tenía buena visibilidad, pero ya de qué servía, si la escena de la guillotina se me había pasado. Me perdí el mejor momento de toda la peli, y todo por culpa de ese paleto. Yo, a gente como ésa, no la dejaría pisar el cine.”

El socio

“Decidí vender mi alma al diablo. El alma es lo más valioso que tiene el hombre, de modo que esperaba hacer un negocio colosal. El diablo que se presentó a la cita me decepcionó. Las pezuñas de plástico, la cola arrancada y atada con una cuerda, el pellejo descolorido y como roído por las polillas, los cuernos pequeñitos, poco desarrollados. ¿Cuánto podía dar un desgraciado así por mi inapreciable alma? -¿Seguro que es usted el diablo? —pregunté. - Sí, ¿por que lo duda? - Me esperaba al Príncipe de las Tinieblas y usted es, no sé, algo así como una chapuza. - A tal alma tal diablo —contestó—. Vayamos al negocio.”

Es solo política (fragmento)

“Entre los conjurados hubo también muchos políticos que si antes siempre le habían sido fieles, ahora por motivos políticos, habían cambiado de opinión, A pesar de eso, el puñal de Brutus fue el que más asombró a César, tal vez porque había depositado en este hombre una especial confianza. No sólo le había perdonado, no sólo le había dado toda clase de oportunidades, sino que, además, en lo afectivo, le había ofrecido su cariño. Algunos dicen incluso que Brutus era su hijo natural. —¿Tú también, Brutus, hijo mío?—alcanzó a preguntar con voz en la que había pena y sorpresa a partes iguales. —¡Qué va! Es sólo política, no hay ninguna motivación personal— explicó Brutus y le dio otra propina con el puñal—. Personalmente, no tengo nada en contra de usted, papá. —Ah, pues disculpa, yo no quería ofenderte— dijo César, y murió.”

El error

Señor calvo“Estaba enamorado. Y todo parecía indicar que era correspondido. Así que me sentía feliz. Sin embargo, no acababa de creerme mi propia felicidad. No tenía muy buena opinión de mí mismo y desconfiaba de que alguien me quisiese tal y como era. Sobre todo me disgustaba mi calva. Un día encontré un anuncio en el periódico. Cierto instituto de dermatología prometía a los calvos una abundante cabellera si se sometían al conveniente tratamiento. El tratamiento resultó ser costoso, pero eficaz. Qué bien me sentí cuando llegué a la cita con mi amada no siendo ya calvo, sino al contrario. Esperaba que se lanzase en mis brazos. Sin embargo, no pasó nada semejante. Nos sentamos en un banco del parque. Era una noche de mayo, las lilas desprendían su aroma, brillaba la luna llena. Durante un instante reinó el silencio. —¿Sabes qué es lo que más me gustaba de ti? Cuando la luna llena se reflejaba en tu calva. Eras entonces tan romántico… No mucho después nos separamos. Y resultó que para siempre.”

 

 
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2010-2012 Juan Ledo
mosca@sinek.es