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Voltaire

¿Para qué han nacido las moscas?

«Bolingbrocke, Shaftesbury y Pope (…) no enseñan nada cuando dicen cosas archisabidas, por ejemplo: que las moscas han nacido para que coman las arañas, las arañas para que se las coman las golondrinas, las golondrinas para que las devoren las picazas, las picazas para que se las coman las águilas, las águilas para que las maten los hombres y los hombres para matarse unos a otros, y que luego se los coman los gusanos y después los diablos…»

[Voltaire (1694 – 1778): “Diccionario filosófico”]

François Marie Arouet, más conocido como Voltaire, fue un escritor y filósofo francés que figura como uno de los principales representantes de la Ilustración, un período que enfatizó el poder de la razón humana, de la ciencia y el respeto hacia la humanidad.

Algunas obras:

En 1731 escribió la Historia de Carlos XII, obra en la que esbozó los problemas y tópicos que, más tarde, aparecieron en su famosa obra Cartas inglesas, o Cartas filosóficas, publicada enVoltaire 1734 donde defendió la tolerancia religiosa y la libertad ideológica, tomando como modelo la permisividad inglesa y acusando al cristianismo de ser la raíz de todo fanatismo dogmático. La aparición de esta obra supuso un escándalo público; las Cartas fueron quemadas públicamente y su autor, amenazado de arresto, tuvo que huir.

Tras el terremoto que devastó la capital portuguesa en 1755 escribió su novela corta Cándido o el optimismo (1759), obra que será inmediatamente condenada en Ginebra por sus irónicas críticas al optimismo filosófico leibnitziano (“este mundo es el mejor de los posibles”) y su sátira contra clérigos, nobles, reyes y militares.

Poco después, aprovechando el éxito logrado con sus esfuerzos por reivindicar la memoria de Calas, hugonote quemado bajo la acusación de ahorcar a uno de sus hijos convertido al catolicismo, publica Tratado sobre la tolerancia y anima al resto de los filósofos a hacer una sistemática guerra al Infame, es decir, a cualquier religión, pero, sobre todo, a la católica de Roma. Quizás sería un poco exagerado decir que Voltaire inventó el eslogan, pero la célebre divisa que parió su pluma, ese Écrasez l'Infame! (No dejes de pisotear al Infame, no toleres la intolerancia) se extendió pronto por toda Europa como reguero de pólvora.

El Diccionario filosófico (1764) es la última de las grandes obras de Voltaire que citaremos, para no extendernos en demasía. Voltaire exigía siempre a sus interlocutores no sólo la claridad en las palabras sino también en lo conceptos que ellas expresan: “Si queréis conversar conmigo, definid primero los términos”, decía, en busca de claridad y conocimiento, de reflexión y de honradez intelectual, desarrollando así una ética que reclama la estética del juego limpio en la palabra, que rechaza la utilización del lenguaje como fuente de confusiones y juego de trampas para vencer a un contrario en la dialéctica de las ideas. Voltaire hizo suya esta exigencia y definió sus términos. El resultado fue la elaboración de un diccionario que le ocupó varios años de su vida y en el que quedó plasmado el esfuerzo de un intelectual ilustrado para desechar prejuicios, dogmas insostenibles y la irracionalidad de cualquier argumento. El Diccionario filosófico de Voltaire nos obliga a recordar que la verdad recorre el camino de la opinión siempre y cuando busquemos en las palabras aquellos conceptos que desarrollan nuestro pensamiento racional, que estimulan nuestra sensibilidad y que amplían nuestro conocimiento. Veamos algunas definiciones de términos, según Voltaire:

Fanatismo: «Fanatismo es el efecto de una conciencia falsa, que sujeta la religión (o la política) a los caprichos de la fantasía y el desconcierto de las pasiones; es a la superstición lo que el delirio a la fiebre, lo que la rabia es a la cólera. El único remedio que hay para curar esta contagiosa enfermedad es el espíritu filosófico.»

Herejía: «Herejía es una palabra griega que significa creencia, opinión escogida. Honra muy poco a la razón humana el que los hombres den en perseguirse y asesinarse por profesar opiniones distintas.»

Sectarismo: «Toda secta, de cualquier clase que sea, es la reunión de los individuos derrotados por la duda y por el error. Escotistas, tomistas, calvinistas, molinistas, jansenistas, no son más que nombres de guerra. No hay ninguna secta en geometría; cuando la verdad es evidente, es imposible que nazcan partidos ni fracciones. Nadie contradirá nunca que al mediodía brillará el sol.»

Superstición: «La superstición es a la religión lo que la astrología a la astronomía; la hija muy loca de una madre muy cuerda.» (Pero esta definición no pertenece al Diccionario, sino a su Tratado sobre la tolerancia).

Tolerancia: «¿Qué es la tolerancia? -se pregunta el Voltaire del Diccionario filosófico-. Es nada menos que la panacea de la humanidad -responde-. Todos los hombres estamos llenos de flaquezas y errores, razón por la cual debemos aprender a perdonarnos recíprocamente, como dicta la primera ley de la naturaleza. La discordia es la gran calamidad que padece todo el género humano y la tolerancia supone su único remedio.»

La esencia de su filosofía:

La labor del hombre, para Voltaire, es tomar su destino en sus manos y mejorar su condición mediante la ciencia y la técnica, generar principios de convivencia fraternal y fructífera, y embellecer su vida gracias a las artes. Es una filosofía práctica que prescinde de Dios, aunque Voltaire no es ateo: como el reloj supone el relojero, el universo implica la existencia de un "eterno geómetra" (Voltaire es deísta).

Voltaire ha pasado a la Historia por proporcionar el concepto de tolerancia religiosa. Fue un incansable luchador contra la intolerancia y la superstición y siempre defendió la convivencia pacífica entre personas de distintas creencias y religiones.

VoltaireAunque fue un pensador polifacético y poco o nada sistemático, Voltaire se convirtió en un símbolo del enciclopedismo y de las modernas ideas ilustradas que defendían la libertad de pensamiento, la tolerancia y la justicia como instrumentos superadores de la ignorancia, el dogmatismo y las supersticiones de toda índole. Frente al oscurantismo no solo ideológico, sino académico, esgrimirá Voltaire el buen hacer de su pluma, la cual gozaba de una enorme claridad crítica y de una demoledora y mordaz franqueza que le hicieron granjearse numerosos problemas y enemistades. Su escritura se mofa de la utilizada por los abstrusos escolásticos o, como sarcásticamente escribe en el Cándido, de los que se dedicaban a enseñar la metafísica teologocosmolonigológica.

 

Pese a compartir muchos de los postulados básicos aceptados por la mayoría de los ilustrados ingleses y franceses, a Voltaire le separa de ellos la carencia de un optimismo metafísico y la fe en un progreso humano capaz de arrebatarnos de la mezquindad y de la ruindad en la que estamos inmersos. En contra de la tesis del buen salvaje mantenida por Jean-Jacques Rousseau (1712 - 1778), Voltaire no cree en ninguna inocencia y bondad naturales del hombre. No es la sociedad, el Estado o la cultura la que pervierte y denigra esa inocencia primigenia del hombre, antes bien, es el propio hombre el que genera las propias condiciones de su miseria. La ética no se halla subordinada a la política, porque se trata de un ámbito inmanente a nuestra propia naturaleza. La absoluta confianza de la razón que postularon un siglo antes los racionalistas no es aceptada por Voltaire, para el cual la inteligencia humana por sí misma puede denunciar, criticar y corregir algunos prejuicios, errores o disparates, pero por sí sola es impotente para erradicar estos males.

VoltaireVoltaire aceptó las tesis del deísmo, es decir, de aquella doctrina que reivindica una religión natural o racional defendiendo la libertad ideológica, de culto y la tolerancia religiosa. El anticlericalismo radical (sinónimo en nuestros días de volterianismo), que se desprende de la mayoría de sus obras, sin embargo no debe llevarnos a suponer que Voltaire defendiera una postura atea. De hecho, afirma que "si Dios no existiera sería necesario inventarlo, pero la naturaleza entera nos grita que existe".

La crítica volteriana tiene una función terapéutica, aunque es consciente de los límites de su quehacer. Efectivamente, es la propia naturaleza humana la responsable de todas sus ruindades y miserias. El mundo se rige no por el principio de lo mejor, sino de lo peor. El mal en el mundo no proviene de Dios ni de condicionantes históricos o políticos, sino del hombre mismo:

Voltaire y el antisemitismo

El antisemitismo de Voltaire es reconocido por ciertos críticos. Así, por ejemplo, el historiador francés de origen ruso León Poliakov (1910 - 1997) tituló el tomo 3 de su famosa Historia del antisemitismo como «De Voltaire a Wagner». Según él, este sentimiento se habría agravado en los últimos quince años de la vida de Voltaire. Parecía entonces ligado al combate del filósofo contra la iglesia católica. Hay que recordar, sin por ello minimizar el hecho, que el antisemitismo es un lugar común del pensamiento general, desde al menos la Edad Media: Voltaire no hizo sino suscribir una opinión ampliamente extendida entre sus contemporáneos.

Por otra parte, muchos historiadores consideran que de sus obras se desprende un fuerte fervor contra los hugonotes y los católicos, por lo que consideran a Voltaire más bien antirreligioso que antisemita, antihugonote y anticatólico, aunque sus palabras sean explícitas.

Voltaire y el diluvio: un error de apreciación

La presencia de fósiles marinos en la cima de las montañas fue considerada en su época como una prueba de haber estado bajo el agua y, por consiguiente, del Diluvio. Voltaire no admitía esta interpretación, ni siquiera la idea de que hayan podido estar algún día fondos marinos donde se encuentran las montañas. Apoyaba su idea en el Diccionario filosófico mostrándose sorprendido de que nadie haya pensado en una explicación, según él, bastante más simple: que cruzados o peregrinos hayan tirado moluscos de los que tenían entre sus provisiones para su viaje. A todo esto hay que añadir que tampoco el Diluvio ha sido el causante de la altitud de estos fósiles, sino la deriva continental.

Voltaire y el fanatismo

Toda la obra de Voltaire es un combate contra el fanatismo y la intolerancia, y eso desde La Henriada, en 1723. "Entendemos hoy en día por fanatismo una locura religiosa, oscura y cruel. Es una enfermedad que se adquiere como la viruela" (Diccionario filosófico, 1764, artículo "Fanatismo").

Voltaire quiere demostrar cómo las Cruzadas, que él analiza, no se produjeron por causas espirituales, sino económicas.

La idea contraria al fanatismo (o una de ellas) es la tolerancia. En cuanto a la famosa frase que se le atribuye "No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero lucharé hasta la muerte para que tenga el derecho de decirlo", al parecer es una cita apócrifa [falsa, supuesta o fingida, o que no es de la época o del autor a que se atribuye]. La frase no aparece en ninguna parte de su obra publicada; la vemos vez primera en 1906 en The Friends of Voltaire ("Los Amigos de Voltaire"), libro inglés de Evelyn Beatrice Hall (1868 - 1919), escritora con el seudónimo de S. G. Tallentyre, para resumir su posición: "I disapprove of what you say, but I will defend to the death your right to say it".

La Francia de la época era una Francia intolerante en materia de religión. Es la Francia de la Sangrienta Noche de San BartoloméMatanza de San Bartolome [en la imagen, la matanza tal como la vio el pintor hugonote François Dubois (1529 - 1584)], en la que los católicos, el 24 de agosto de 1572, masacraron a al menos 2.000 hugonotes (cristianos protestantes franceses de doctrina calvinista) en París (muchos de los cuales tiñeron de rojo el Sena con su sangre). En 1598 Enrique IV (1553 - 1610, el primer rey francés de la dinastía Borbón, el que se convirtió al catolicismo el 25 de julio de 1593 para gobernar —“París bien vale una misa”—) promulgó el Edicto de Nantes de tolerancia religiosa: no sirvió para todo lo que habría tenido que servir pues los desentendimientos —muchas veces promovidos artificialmente por la clase política— no cesaron y, por otro lado, el Edicto sería revocado en 1685 por Luis XIV, el Rey Sol.

Voltaire nació en 1694, poco después de la revocación de ese edicto, y respiró todavía esos aires malsanos que no te dejan respirar y, por tanto, vivir.

Digamos que el filósofo francés, tenido siempre como uno de los más acérrimos enemigos de la Iglesia —o de las iglesias—, era únicamente adversario de la intolerancia que profesaban éstas en Occidente, en la Europa que él conocía.

Su lucha contra la intolerancia era más que nada intelectual, blandiendo como armas la razón, el juicio y la lógica. Pero, a diferencia de Rousseau, él trataba de pasar de una oposición meramente intelectual a una LUCHA ACTIVA centrada en los casos particulares. El caso de Jean Calas (1698 - 1762) , bien lo demuestra. Se trataba de un comerciante jansenista ajusticiado tras haber sido declarado culpable por un delito que no cometió (en un juicio que con el lenguaje actual denominaríamos irregular).

La historia de los Calas es, en el Tratado sobre la tolerancia fue para él un trampolín para hacer un juicio al fanatismo: de los detalles particulares Voltaire se eleva a las alturas bíblicas, históricas, metafísicas y conceptuales sin olvidar el recurso a los detalles del sentimiento personal. El autor se encarna en los perseguidos para buscar el triunfo final de la filosofía y de las luces sobre el Infame.

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2010-2013 Juan Ledo
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