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William Golding

William Gerald Golding (1911 - 1993) fue un novelista y poeta británico —Premo Nobel de literatura— conocido especialmente por su obra El señor de las moscas.

Tuvo un pasado militar, que comenzó en diciembre de 1940 con su ingreso en la Royal Navy. Como marinero participó en la famosa persecución y destrucción del acorazado alemán Bismarck, para ser luego trasladado a Liverpool para tareas de vigilancia terrestre. En 1943 pidió volver al mar y eso hizo que formara parte del apoyo naval durante el desembarco de Normandía. Los cinco años que pasó en la Royal Navy durante la guerra le causaron un enorme impacto, exponiéndole a la increíble barbaridad y crueldad de la que es capaz la Humanidad: rechazando el optimismo racionalista de su padre acerca del desarrollo humano, se convenció a sí mismo de LA MALDAD INTRÍNSECA DEL SER HUMANO.

Su vocación literaria fue temprana, y ya en el otoño de 1934 había publicado un primer libro de poesía, Poems (que posteriormente repudiaría).

En 1952 comienzó a trabajar en una novelaWilliam Golding titulada “Strangers from Within (Extraños desde el interior), que después de ser rechazada hasta veintiuna veces por distintos editores, fue publicada en 1954 por Faber & Faber con el título “Lord of the Flies” (El señor de las moscas), y hasta la fecha sigue siendo su obra más conocida.

El señor de las moscas es una de las novelas más populares de la literatura inglesa contemporánea; tuvo un gran éxito y fue considerada inmediatamente como una de las alegorías más extraordinarias de la narrativa contemporánea.

El argumento es el siguiente: Durante la II Guerra Mundial, y a raíz de un accidente de aviación donde murieron todos los adultos, un grupo de niños británicos de entre los seis y los once años desembarca en una isla desierta. Estando solos y desamparados, los infantes han de buscar la mejor manera de sobrevivir y saber esperar hasta que se produzca un rescate por parte de los adultos. La organización o, mejor diríamos des-organización inicial, no tarda en abandonar su espontaneidad y en el grupo comienzan a desarrollarse las pautas que caracterizan la sociedades desarrolladas de las que partían pero que, debido a su corta edad, no habían aflorado.

En principio —justo después del siniestro—, el atractivo y carismático Ralph, del grupo de los mayores, se hace con el control gracias a una caracola cuyo sonido utiliza para llamar a los demás y que acaba convirtiéndose en un objeto simbólico. A él se le pega como una lapa Piggy, un chico rechoncho, de quien se burlan hasta la saciedad y que busca en Ralph protección y respeto (Piggy significa ‘cerdito’: su verdadero nombre de pila no lo sabremos jamás). Otro chico del grupo de los mayores, Jack, tras una discusión con Ralph, consigue algunos partidarios y crea otro bando, que será antagonista y que pronto se destacará por su anomía e informalidad y por tener conductas mucho más déspotas y anárquicas. Tras una serie de vicisitudes (que incluyen muertes —el asesinato del pobre Piggy, sin ir más lejos— y deserciones), el grupo de Ralph se queda reducido a él mismo, y tendrá que huir como un animal de la caza mortal a la que es sometido y de la que escapa in extremis cuando son finalmente rescatados por los adultos.

El mensaje negativo o pesimista consiste en que la evolución paulatina que siguen los pequeños va desde un estado casi adánico de primitiva inocencia, hasta la instrumentación más refinada del Mal, insinuando que acaso éste y la condición humana sean inseparables. Los niños van creando una sociedad a su propio estilo y terminan en una organización tiránica y perversa regida por los más fuertes. La alegoría dibuja pacientemente dicha conversión, que ocurre desde los valores civilizados occidentales hasta la degradación tribal más abyecta donde la maldad se perfecciona en forma de actos brutales que adquieren la categoría de ritos, generalmente asociados al ejercicio del poder.

Todos los personajes de Golding en esta obra tiene la cualidad de ser más que nada la representación de diversos atributos humanos, caracteres positivos o negativos que habitan con mayor o menor fuerza en todos nosotros y que dibujan, por tanto, nuestra esencia tanto individual como colectiva: Ralph representa la democracia, la civilización, el orden; Jack, el deseo ancestral de poder y la dictadura como forma irracional de mantenerlo; el ‘cerdito’ Piggy (a quien Golding dibuja gordito y asmático y que acaba sus días de una pedrada malintencionada en la cabeza, tal vez para inspirarnos compasión), es la sensatez y la cordura, frecuentemente inescuchadas; Roger es la crueldad y el sadismo desaforados; Simon, la bondad natural del hombre (‘el buen salvaje’)... Y desde un punto de vista político, los peques representan a la gente común y los niños más grandes a las clases dirigentes.

En cuanto al propio Señor de las Moscas, cabría considerarlo como un personaje más. En la novela no es más que la cabeza de un cerdo salvaje que habían matado pinchada en un palo y con una miríada de moscas atosigándola continuamente en su descomposición. Simboliza a Belcebú, que en la ideología primitiva habitaba en nosotros y siempre permanecía alerta dispuesto a enseñorearse del entorno más inmediato. Aquí cabe recordar que el demonio Belcebú recibe el nombre de Señor de las Moscas debido a una confusión lingüística que convirtió al dios cananeo Ba’al Zebûl (literalmente el Señor Príncipe) en Baal Zabut (el Señor de las Moscas).

A nadie escapa que este guión revisita literariamente la eterna cuestión filosófica de si el hombre es malo o bueno por naturaleza y, en este último caso, de si es la sociedad quien la corrompe, que es lo que defendía el ginebrino Jean-Jacques Rousseau (1712 - 1778) en su Emilio o de la Educación. Golding explora eso, y se deleita dolorosamente —valga el oxímoron— explorando los dilemas morales y las reacciones de las personas (aunque sean pequeñitas) cuando son sometidas a situaciones extremas incluida la supervivencia y la necesidad de adaptarse ante circunstancias muy adversas, hurgando en el gran misterio de la maldad (el mysterium iniquitatis de Tomás de Aquino, en el siglo XIII) e incluso de la crueldad, la génesis de las jerarquías, el binomio jurisdicción-obediencia bajo sus múltiples formas de manifestarse, la violencia y el miedo en todas sus formas: a lo desconocido, a la incertidumbre, a los demás, y a la soledad, en fin… ¡toda una metafísica ontológica y conductual (que recuerda a alguna obra de Graham Greene)!

¿Y cuáles son las conclusiones o la teoría de Golding? Pues aunque él repitió sin cansarse que era más bien optimista en cuanto al futuro de la Humanidad, sus mensajes son casi siempre de alerta. Para ese hombre que desde muy joven escribía versos, tal vez en el fondo de nuestra alma sólo habitan instintos animales a los que lo que llamamos Civilización ha vestido con ropajes festivos. No es optimismo sino pesimismo cuando Golding asevera que «Cualquiera de mis contemporáneos que no entienda que el hombre produce maldad, como una abeja produce miel, debe estar ciego o mal de la cabeza.» ¿Cuándo comenzó esa desazón? Quizás cuando se vio sensato, justo y cabal pero recordó con perplejidad que él mismo, había sido en su juventud “un mocoso malcriado y un matón” y que había “disfrutado haciendo daño a la gente”. O tal vez viendo matanzas una tras otra durante la Segunda Guerra Mundial. O acaso cuando un día, siendo profesor de chavales, en una ocasión permitió completa libertad El Señor de las Moscasen un debate, y no tardó en tener que intervenir enérgicamente porque se había desatado el caos…

En la actualidad, el carácter antibelicista de esta novela distópica la ha convertido en un libro de referencia en la literatura anglosajona hasta el punto de que es lectura obligada en muchos colegios de Gran Bretaña. También ha visto adaptaciones al cine en 1963 [por Peter Brook (n. 1925), ver foto] y 1990, la primera de ellas con aplauso de crítica y público unánimes. Su influencia ha sido amplia, con ejemplos como la serie Lost o la película La Selva Esmeralda pero quepa decir que el creador literario del tema no es Golding, sino el mismísimo Jules Verne (1828 - 1905) en "Dos años de vacaciones", una de las menos conocidas de entre sus obras. Allí, aunque menos filosóficamente, el tema es el mismo: los conflictos de poder entre niños perdidos en una isla sin adultos.

Curiosidad final: William Golding se destacó también por ser uno de los mayores defensores de la existencia del Monstruo del lago Ness y escribió numerosos artículos sobre la supuesta criatura en la revista Popular Science.

 

 
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2010-2013 Juan Ledo
mosca@sinek.es